Incluso sin la IA de por medio, las similitudes en las recetas son un tema muy delicado en el mundo de la alimentación, solo hay que seguir a unos cuantos influencers en Instagram para darse cuenta.
Algunos influencers se ven envueltos en polémicas si otro bloguero gastronómico o autor de un libro de cocina afirma que le han robado sus recetas. Esto lleva ocurriendo décadas, pero con las redes sociales las acusaciones de plagio se han disparado.
Pero los cocineros tienen muy pocos recursos legales si creen que alguien se ha apropiado de su trabajo. Una simple lista de ingredientes e instrucciones se considera una idea que no puede protegerse con derechos de autor.
Muchas recetas tienen un elemento de tradición oral; muchas se transmiten de padres a hijos. Esto no hay forma de registrarlo en ningún lado.
Y, como ocurre con los acordes musicales, hay un número limitado de ingredientes que se pueden combinar para obtener una receta aceptable. Y es ahí donde entra la IA.
La IA entra para hacernos parte del trabajo, pese a no tener paladar
Los grandes modelos lingüísticos, como los que utilizan ChatGPT y Gemini, pueden tomar esas permutaciones, analizarlas más rápido que un ser humano y dar con una receta bastante sólida en muy poco tiempo.
Por eso, encontrar recetas que se ajusten a una dieta concreta suele considerarse un buen uso potencial de los chatbots. Por otro lado, es obvio que las herramientas de IA no pueden preparar ni comer alimentos. En realidad, no “saben” si una receta funcionará, solo que se ajusta al patrón de una que sí lo hace.
La IA generativa todavía alucina de vez en cuando e inventa cosas que son físicamente imposibles de hacer, como muchas empresas descubrieron por las malas. La plataforma de reparto de comestibles Instacart se asoció con OpenAI, que gestiona ChatGPT, para obtener imágenes de recetas.
Los resultados iban desde perritos calientes con el interior de un tomate hasta una ensalada César de salmón que, de alguna manera, creaba un híbrido de limón y lechuga. BuzzFeed también presentó una herramienta de IA que recomendaba recetas de su marca Tasty.
Como explican los expertos, la gente tiene cierto nivel de confianza cuando lee la receta de alguien o le ve hacer un plato. Está la experiencia de haber hecho la comida y haberla probado.
Los modelos de IA aún pueden alucinar y equivocarse al juzgar cómo influyen los volúmenes de los ingredientes en el sabor. El chatbot de Google, por ejemplo, duplica inexplicablemente los huevos en casi todas sus recetas.
ChatGPT y Bard pueden generar recetas funcionales, pero los expertos están de acuerdo en que esos platos son desapasionados y genéricos.