Desde que a Bryan Singer le diera por hacer un biopic de Queen que, oh sorpresa, le valió el Oscar a Rami Malek como Freddie Mercury, hemos entrado en una era de Hollywood casi más oscura que la de los superhéroes: la de los biopics musicales. Aunque ha habido excepciones interesantes, como Elvis, cada vez se estrenan más filmes de cantantes que no necesariamente tienen una gran historia —lo siento Bob Dylan, pero A Complete Unknown no cuenta NADA—.
Sin embargo, entre toda esta vorágine de películas chungas, hay una que se ha destacado por tener una calidad muy pero que muy superior al resto: Better Man. Dirigida por Michael Gracey (El Gran Showman) y estrenada el pasado 26 de diciembre de 2024, la película no solo capta con sensibilidad el ascenso, caída y redención de una de Robbie Williams, sino que además se atreve a jugar con las reglas del género de forma innovadora e interesantísima. Y, bueno, además el protagonista es un mono, que ya de por sí es motivo para ver el filme.
Pero todas estas ideas locas, este formalismo visual increíble y esta historia emocionante no han servido de nada. Ya sea porque la gente se ha saturado de tantos biopics musicales o porque eso de ver a un mono cantando no les gusta demasiado, la película ha sido un absoluto desastre en lo comercial. Solo ha recaudado 22 millones de dólares de una inversión de 110. Y ni siquiera le han hecho caso en los premios.
Por qué Better Man es mejor que Bohemian Rhapsody (y toda la pesca)
Si de algo sirve este artículo, que sea para, como mínimo, generar algo de curiosidad en una película que se merecía mucho más de lo que ha logrado. Better Man debería haber sido un taquillazo en toda regla, y estoy seguro de que si la hubiera visto más gente, el boca a boca habría hecho efecto y ahora no estaríamos hablando de fracaso.
A diferencia de otros biopics edulcorados (¿ya ha quedado claro que no soporto Bohemian Rhapsody?), Better Man no busca santificar al artista. Tampoco cae en el melodrama edulcorado o la cronología simplista que convierte la vida real en una sucesión de momentos icónicos diseñados para fans. La cinta opta por un enfoque más introspectivo y surrealista, en el que el mono Robbie Williams repasa su vida como si de una obra teatral se tratase.

La dirección de Gracey es impresionante. Su característico estilo visual exuberante logra equilibrar la espectacularidad de los conciertos con momentos de soledad, adicción y vulnerabilidad. Y es que, gracias a romper la barrera de la incredulidad desde el primer momento, la película se permite momentos de fantasía y abstracción, sumergiéndose en el alma del personaje, en su inseguridad crónica y en su en su lucha con la salud mental. Robbie aparece como un ídolo con los pies de barro, alguien atrapado en su propia fama, constantemente enfrentado a la figura ausente de su padre, al legado de Take That y a la presión de reinventarse constantemente.
Pero aquí no estamos viendo Ha nacido una estrella. No nos regodeamos en su mierda, sino que simplemente nos ponemos ante un personaje complejo y adictivo. Better Man evita por completo el moralismo. No hay grandes discursos sobre el precio de la fama ni redenciones forzadas. La película prefiere mostrar antes que explicar, con una narrativa increíble y unos números musicales mucho mejor que el de la mayoría de biopics de esta guisa. Vamos, que en lugar de hacer una simple playlist filmada, Better Man logra que la música forme parte del discurso emocional de la historia.

La culpa es de Estados Unidos
¿Pero por qué, si es una película tan buena, ha fracaso tan estrepitosamente? Bueno, más allá de que deberíamos ir dejando el discurso de que una gran recaudación es sinónimo de una gran película (ejem Minecraft ejem), la excusa más evidente del fracaso es la escasa penetración de Robbie Williams en el mercado estadounidense.
Mientras que Freddie Mercury, Elton John o Elvis son iconos planetarios, Robbie sigue siendo, esencialmente, una superestrella británica. Su carisma, su humor ácido, su combinación de arrogancia e inseguridad —tan propia del pop inglés de los 90—, no conectan con la narrativa norteamericana del éxito y la autosuperación. En Estados Unidos, Robbie Williams es poco más que “ese tipo que cantaba Angels”.

Esto ha hecho que las distribuidoras duden en lanzar el filme a lo grande fuera del Reino Unido. De hecho, Better Man se estrenó de forma muy limitada en algunos países y aún no ha llegado a las grandes plataformas de streaming, lo que dificulta enormemente su visibilidad. El biopic se ha convertido, por así decirlo, en un producto de culto casi instantáneo, valorado por los fans pero desconocido para el gran público.
Pero, paradójicamente, esta invisibilidad también le otorga a Better Man un aura especial. No tiene que rendir cuentas ante el mercado global ni someterse a las convenciones más comerciales del género. A pesar del fracaso evidente de taquilla, es una película que ha podido ser lo que le ha dado la gana. En un momento donde todos los biopics parecen diseñados para ganar premios y hacer que los fans se emocionen con tonterías, Better Man se presenta como una obra libre, juguetona y, en definitiva, una PELÍCULA en mayúsculas.