El director de cine contemplativo Bela Tarr ha fallecido a los 70 años en Budapest, dejando un legado artístico que ha marcado a generaciones de cineastas y espectadores. Su obra más emblemática, Sátántangó, es una épica de más de siete horas que ha sido aclamada como una de las mejores películas de la historia del cine, no solo por su narrativa compleja y su estilo visual, sino también por su profundo pesimismo y reivindicación del nihilismo.
Un maestro del cine lento
Nacido en 1955, Tarr comenzó su carrera cinematográfica con Nido Familiar, estrenada en 1979 a los 24 años. A pesar de sus modestos inicios, en 1988 consolidó su éxito con La Condena, que le permitió hacerse un nombre en el cine independiente. Este desarrollo de su carrera culminó en 1994 con Sátántangó, donde empleó largas tomas que, en ocasiones, duraban hasta diez minutos, estableciendo un estilo único que ha desafiado a muchos a imitarlo sin éxito.
Aunque se retiró oficialmente como director en 2012 tras la aclamada El caballo de Turín, que ganó el Gran Premio del Jurado en Berlín, Tarr continuó explorando nuevas formas de arte audiovisual, fundando una escuela de cine y creando obras multidisciplinares que desafiaron las convenciones del cine comercial. Su influencia se extendió más allá del cine, siendo admirado tanto por sus colegas como por el público en general.
La Academia de Cine Europeo expresó su dolor por la pérdida de este creador radical, destacando su voz política y artística. László Krasznahorkai, novelista y colaborador frecuente de Tarr, también recordó al cineasta, cuestionando quién será el próximo rebelde en el mundo del arte. Su fallecimiento deja un vacío que será difícil de llenar en el ámbito cinematográfico.