Pedro Almodóvar es una figura muy curiosa de la industria del cine. Desde sus primeras películas, el director manchego ha sabido llevar una visión muy propia, personal y autoral sobre la vida al mainstream más extremo. Y el León de Oro que ha logrado en el Festival de Venecia gracias a La habitación de al lado, su primera película en inglés, deja claro que no ha tenido más que cambiar el idioma para que sea aún más valorado más allá de sus fronteras.
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Suscríbete (es GRATIS) ►Cuando Bong Joon-ho ganó el Oscar en 2019 por Parásitos, otra rara avis que lo logró todo partiendo de una base inesperada, el cienasta citó a Martin Scorsese, quien dejó claro desde sus inicios que “el cine más personal es el más universal“. Y esto es lo que lleva haciendo Pedro Almodóvar desde sus inicios. A lo largo de los años, ha explorado todo tipo de temas y narrativas, pero ha sido cuando más ha rebuscado dentro de sí mismo cuando ha logrado conquistar al gran público.
Una delicadeza única en el cine
Una vez vista La habitación de al lado en el Festival de Cine de San Sebastián, queda claro que la frase de Scorsese sigue resonando en Almodóvar, y quizás con más fuerza que nunca. Si bien no es su película más personal, pues ese estadio sigue siendo para la también exitosa Dolor y gloria, puede que esta sea una de las más humanas que tiene en su trayectoria. Desde luego, una de las más pausadas y maduras, que poco tienen que ver con el punki de sus inicios pero mucho con el trasfondo de toda su vida.
Basada en la novela What Are You Going Through de Sigrid Nunez, la historia de La habitación de al lado sigue a Ingrid (Julianne Moore), una novelista, y Martha (Tilda Swinton), una ex corresponsal de guerra, quienes fueron amigas cercanas en su juventud, pero tomaron caminos distintos en la vida. Ambas se reencuentran cuando Martha, que está muriendo de cáncer, pide la ayuda de Ingrid para llevar a cabo un plan de eutanasia en Woodstock. Lo único que le pide a su amiga es que estén juntas esos últimos días, un desafío que Ingrid acepta después de pensarlo mucho.

A lo largo de la película, Almodóvar se acerca sin concesiones a un tema que, si bien ya ha tocado tanto él como muchos otros cineastas españoles a lo largo de los últimos años, pocos lo han hecho de una forma tan directa y humana. Aquí no hay espacio para el debate: la decisión es de la propia protagonista. Y, por ello, solo podemos hacer como Ingrid: acompañarla e intentar que sus últimos días sean lo más llevaderos posibles.
Lo que mejor hacer el director en el filme es, sin duda, abordar el tema desde la mayor naturalidad posible. No hay aquí una gran profundidad sobre la eutanasia ni un debate abierto. Es, simplemente, un retrato agradable y libre de prejuicios de una situación por la que, mal que nos pese, pasan muchas personas. Y desde su pulso emocional único en su especie, Almodóvar consigue conciliarse con el tema dejando en el rostro del espectador una sonrisa, en lugar de la lágrima que sería más habitual.

Con Juliane Moore y Tilda Swinton en dos de los papeles donde más brillan de todas sus carreras —las nominaciones al Oscar están aseguradísimas—, Almodóvar consigue trascender no solo la barrera del idioma, sino de sí mismo: a sus 75 años, es el único capaz de contar una historia sobre la eutanasia con tantísima delicadeza. Y, sinceramente, merece todo lo bueno que le pueda pasar a raíz de esta película.