Recuerdo cuando, en 2019, fui a ver Cats al cine. Aunque no soy el mayor fan de los musicales que existe, me generaba mucha curiosidad, y tanto su reparto como su director (Tom Hooper, el hombre detrás de Los Miserables) apuntaba a que podía ser una gran película. Sin embargo, la experiencia no pudo ser más catastrófica. La película era un compendio de imágenes pesadillescas que hoy diríamos que parecían hechas con IA. La trama no tenía ningún sentido ni emoción. Y los números musicales daban ganas de quedarse sordo.
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Suscríbete (es GRATIS) ►Pues bien, eso no es nada comparado con la experiencia que he tenido al ver Megalópolis en el Festival de Cine de San Sebastián. La última película de Francis Ford Coppola, director ni más ni menos que de El Padrino, Apocalypse Now y Drácula, lleva desde que se estrenó en el Festival de Cannes aguantado críticas tan graves como “Narrativamente y temáticamente, Megalópolis es un desastre” o “una de las películas más incoherentes que he visto en mi vida“. De hecho, el equipo de marketing intentó camuflar esto con un tráiler en el que decían que sus anteriores peliculones también tuvieron malas críticas.
Pero no es solo que tuvieran razón, sino que la película es mucho más esperpéntica de lo que podáis llegar a creer.
Es una película exhausta de ver
Podría estar horas y horas diciendo por qué Megalópolis no funciona, pero lo cierto es que se puede resumir mucho más fácilmente: es una película en la que ningún elemento funciona. La historia no tiene sentido (literalmente) y está tan pasada de moda que parece un guión de los años setenta; los actores parecen estar perdidos entre un mundo que no entienden; la fotografía y los efectos visuales son, como mínimo, feos; y aunque parece haber una tesis detrás de todo ello, no se le reconoce en ningún sentido.
Megalópolis podría ser perfectamente una película de Zack Snyder. Es decir, un compendio insulso de imágenes que intentan ser atractivas pero que se quedan en el camino. Una historia que no merece la pena contar y que tampoco sabe qué quiere decir exactamente. Y sí, es evidente que hay pequeños trazos del gran Coppola detrás de toda esta locura. Pero nada podría compensar el hecho siquiera de que esta película exista.

Soy una persona a la que le encanta que las películas tomen riesgos, pero a veces los grandes genios necesitan a alguien que les ponga límites. De hecho, eso es, en ocasiones, de lo que habla Megalópolis. Pero también es lo que debería haberse aplicado Coppola antes de gastarse el dinero de sus nietos en un largometraje que no solo no trascenderá, sino que mancha una carrera hasta el momento casi impecable.