Incluso aunque no hayas jugado en tu vida, conoces Street Fighter. No es para menos: la saga sigue en pie casi 40 años después a base de golpes, combos, personajes extravagantes y muchísima diversión, tanto en solitario como en competitivo. Lo curioso es que casi todo el mundo añade mentalmente un “2” cuando le hablan del videojuego, porque, al fin y al cabo, la primera parte no fue un éxito tan brutal como el que tuvieron cuatro años después, con una secuela pulida hasta el extremo y que hizo las delicias de toda una generación. Sin embargo, no todo el mundo sabe que antes de Street Fighter II hubo otra secuela que hasta Capcom ha querido ocultar bajo tierra. Con buen motivo.
Ah, sí, el lejano año 2010
Puede que no nos lo terminemos de creer, pero ahora mismo vivimos en el futuro. En Regreso al Futuro II imaginaban que en 2015 tendríamos zapatillas que se atan solas y monopatines voladores, porque por supuesto que sonaba tan lejano que ninguno de nosotros llegaría vivo hasta ahí, ¿no? Lo mismo le pasó a Street Fighter 2010, que en 1990 imaginó el mundo veinte años después en un plataformas de acción que tiene más que ver con Streets of Rage que con Street Fighter. Claro, que si además cogemos un error y lo agrandamos aún más, el resultado solo puede ser catastrófico.
Street Fighter 2010: The Final Fight no nació como una secuela propiamente dicha del juego de 1987. De hecho, en Japón le llamaron Kevin Straker, un policía cyborg que lucha contra los Parásitos, unos criminales intergalácticos con poderes. Al final del juego, el Dr. Jose (el villano que creó los Parásitos), le cuenta la verdad a Kevin: él es también un parásito, y toda su armadura cibernética fue creada por un insecto que le implantó en el cerebro. Nada de esto se vio en la versión internacional, donde Kevin pasó a ser Ken (sí, ese Ken), el Dr. Jose se llamó Troy y la historia no podía ser más diferente.
Todo empieza cuando Ken, que ganó el torneo de Street Fighter 25 años antes, se ha convertido en un científico que ha creado una sustancia (Ciboplasma) para dar fuerza superhumana a cualquier organismo vivo. Cuando Troy, su compañero de laboratorio, muere, Ken decide encontrar a su asesino. Al final, resulta que Troy fingió su propia muerte para robar la sustancia y crear un ejército de guerreros con sueprfuerza. Es más: ¡Implantó ciboplasma en el cuerpo de Ken y está a punto de morir! Al final gana, claro, y vuelve a la Tierra para controlar su propia sustancia. ¡Ah, sí! ¡Típico Street Fighter!
El juego es difícil, una locura que nada tiene que ver con la saga y, francamente, bastante malo. De hecho, si no hubiera tenido el nombre Street Fighter es muy probable que nadie se hubiera siquiera acercado a él en primer lugar. Por supuesto, el año siguiente el desastre de este juego se olvidó con el lanzamiento de Street Fighter II, que supuso un absoluto exitazo en recreativos y acabó porteándose a todas las consolas habidas y por haber: la saga nunca volvió a intentar ser un plataformas cutre y se centró, a partir de ese momento, en lo que mejor sabía hacer: las tollinas y los hadoukens.
No es que el camino haya sido perfecto, claro: los más viejos del lugar recordarán cómo, después de hacer la adaptación a cines, intentaron vendernos Street Fighter: La Película: El juego. Y ese sí que fue un desastre para el que no tienen excusa.