Han vuelto, aunque sea en pantalla, los videoclubs. Recreaciones virtuales como una versión en 3D inspirada en Blockbuster, la vieja cadena de alquiler, o propuestas como Bingebuster están rescatando esa experiencia de caminar entre pasillos, fijarse en las carátulas y encontrarse con una película casi por accidente. Detrás de estos proyectos de descubrimiento audiovisual hay una frustración muy de ahora: tener miles de títulos al alcance y, aun así, quedarse bloqueado sin saber qué poner. Por eso algunos usuarios están mirando hacia atrás, buscando una forma más agradable de decidir qué ver.
Lo que atrae de todo esto es algo que el streaming fue borrando poco a poco: el ritual de buscar. En vez de hacer scroll entre hileras de miniaturas que acaban pareciéndose entre sí, aquí se entra en una tienda virtual, se recorren estanterías, se curiosean secciones por género y uno se para delante de portadas bien visibles, igual que en los videoclubs de los noventa y de los primeros años dos mil.
En la recreación 3D de Blockbuster, el gancho pasa por revivir una imagen que cualquiera reconoce al instante: alfombras chillones, carteles azules, baldas llenas hasta arriba. Bingebuster va por otro lado. Toma bibliotecas digitales y las mete en un formato que imita el paseo por una tienda, más cerca de la exploración tranquila que de un catálogo sin más.
Buena parte del fenómeno se entiende por algo bastante simple: el exceso de opciones. Las plataformas actuales ofrecen tanto contenido que decidir a veces pesa más de lo que entretiene y, frente a menús infinitos y recomendaciones automáticas, estos espacios digitales proponen una navegación más física, más pausada y, para mucha gente, más humana.
También hay otra cosa de fondo: cada vez más usuarios sienten que los algoritmos siempre empujan hacia lo mismo. Franquicias conocidas, estrenos destacados, recomendaciones que repiten patrones una y otra vez. Los pasillos, las secciones temáticas e incluso detalles como las “selecciones del personal” o las colecciones cuidadas devuelven esa idea del hallazgo casual. No venden rapidez. Venden una experiencia más personal, y ahí está buena parte de su encanto.
Y luego está el componente cultural, que es evidente. Durante años, los videoclubs fueron una pieza central del ocio doméstico, hasta que la caída de Blockbuster y el ascenso de Netflix, primero con el DVD por correo y después con el streaming, cambiaron por completo la forma de acceder al cine y a las series.
Este regreso en versión digital también encaja con una ola retro bastante más amplia. Ahí están los vinilos, los móviles plegables con estética clásica, las consolas retro o las recreaciones en VR de arcades y de otros espacios que desaparecieron. En todos los casos aparece una búsqueda parecida: autenticidad, comodidad y cierta sensación de control frente a entornos tecnológicos cada vez más abstractos.
Claro que no todo aquí es nostalgia bonita. Los videoclubs de verdad distaban mucho de ser perfectos: había copias agotadas, horarios que cumplir, devoluciones y aquellas multas por retraso que nadie echaba de menos. Por eso algunos críticos ven estas recreaciones como una versión suavizada del pasado, muy centrada en la estética y bastante menos en las incomodidades reales de aquel modelo.
No está claro hasta dónde puede llegar esta tendencia. De momento, muchos de estos proyectos siguen siendo pequeños nichos para entusiastas, aunque podrían terminar abriendo nuevas formas de recomendación social y de descubrimiento cultural. Y quizá esa sea la idea que mejor dejan sobre la mesa: elegir qué ver también puede formar parte del entretenimiento.