En China, plataformas como ActID y New Claw están empujando en 2026 un negocio nuevo: ceder bajo licencia el uso del rostro de personas corrientes para convertirlo en personajes digitales que hablan, gesticulan y aparecen en historias distintas, sobre todo en microdramas y vídeos comerciales.
Detrás de esto está el tirón de los microdramas, un formato breve y de consumo rápido que se ha disparado en el país. Según la Asociación de Servicios de Netcasting de China, más del 95% de los 128.000 microdramas lanzados en el primer trimestre de 2026 usaron herramientas generativas en alguna fase de la producción. Con ese volumen, la demanda de “actores” listos para usar se ha disparado.
La idea recuerda a los bancos de imágenes, solo que llevada a la identidad personal. En ActID y New Claw, quien compra no se lleva simplemente una foto: consigue una licencia para animar esa cara, ponerle diálogos y meterla en papeles distintos dentro de dramas cortos, promociones comerciales o vídeos de comercio electrónico.
ActID tendría unos 800 usuarios registrados, y alrededor de 300 estarían licenciando su semblante. Los estudios pagan entre 99 y 500 yuanes por episodio, y la plataforma retiene una comisión del 10%. En New Claw, por su parte, los colaboradores pueden marcar un precio mínimo de 500 yuanes por imagen.
Para quienes ponen su cara en el mercado, el dinero sigue siendo poco y además cambia mucho de un caso a otro. Según los ejemplos publicados, las ganancias se mueven entre 15 y 700 dólares. Hay casos de apenas 19 dólares a cambio de unas cuantas fotos y un acuerdo de consentimiento.
Aun así, para algunos intérpretes y trabajadores creativos que hoy tienen menos encargos, ceder la propia cara abre una vía extra de ingresos. Y el incentivo para los estudios salta a la vista: menos rodajes, menos logística, menos costes. Pueden tirar de avatares ya licenciados y montar escenas con equipos muy pequeños. Algunos informes del sector sostienen que un drama de 60 episodios puede estar terminado en unos 20 días con un equipo de producción reducido.
El problema aparece después, cuando el archivo ya ha salido de la plataforma. La legislación china exige consentimiento para tratar datos biométricos y prohíbe recrear la apariencia de una persona sin permiso. Otra cosa es hacer cumplir esas normas, que sigue siendo bastante más difícil que escribirlas.
En los últimos tres años, el Tribunal de Internet de Guangzhou ha tramitado alrededor de 700 disputas ligadas a estas tecnologías, incluidas causas por intercambio de caras y derechos de autor. Un borrador normativo publicado en abril de 2026 para los servicios de “humanos virtuales digitales” vuelve a insistir en el consentimiento explícito y en la posible responsabilidad de proveedores, desarrolladores y usuarios finales. Además, desde septiembre de 2025, la normativa china ya obliga a etiquetar con claridad el contenido sintético.
Todo esto también está apretando el mercado laboral. Actores y figurantes denuncian menos oportunidades y peores ingresos, y algunos han terminado licenciando su propia cara como una salida pragmática.
Y hay otro frente. Grupos del sector denuncian el “robo de cara” sin autorización y avisan de que los derechos de imagen podrían acabar colándose, casi como rutina, en los contratos de casting. China no solo está acelerando otra forma de producir audiovisual; también está poniéndole precio, por episodio y por archivo, a una parte muy íntima de la identidad. Sigue sin estar claro hasta qué punto el nuevo marco regulatorio bastará para frenar ese riesgo una vez que el material salga de las plataformas.