Seamos sinceros: 2025 está siendo un año desastroso para el cine. De momento, el único taquillazo real que hemos tenido ha sido Minecraft… y a pesar de sus números, está clarísimo que no es una película que recomendaría a absolutamente nadie en la faz de la Tierra. Otros intentos de blockbuster también se han quedado en el camino, como Captain America: Brave New World y Mickey 17. Y, si hablamos de Blancanieves, ya es para ponerse a llorar.
Pero, en mitad de esta vorágine de cine apestoso, ha surgido una película que no solo está reventando la taquilla estadounidense, sino que además tiene unas críticas impecables: Sinners, de Ryan Coogler. Solo basta citar algunos números para que os deis cuenta del asunto: en Rotten Tomatoes tiene un 98% de aceptación crítica y un 96% de la audiencia. En Letterboxd tiene una puntuación de 4.2. Y en IMDb va por un 8.1 sobre 10. Vamos, que todo el mundo está dejando claro que es un peliculón. Pero ¿por qué exactamente?
Michael B. Jordan por partida doble… ¡y aún queremos más!
Sinners es un western de vampiros (sí, tal cual) ambientado en el Mississippi de 1932. En el filme, Michael B. Jordan interpreta un doble papel: hace de dos hermanos gemelos que regresan a su pueblo natal para abrir un juke joint, pero de camino se encuentran con una amenaza sobrenatural sacada del folclore más oscuro del sur estadounidense. Entiendo que la premisa suene a locura, porque probablemente lo sea. Pero Sinners no solo funciona: te emociona, te sacude, te divierte y te deja claro que el buen cine original todavía es posible (o eso espero).
Lo que ha conseguido Coogler con Sinners no es baladí. El nombre del cineasta ya era sinónimo de éxito gracias a Fruitvale Station y Creed… pero sobre todo Black Panther. Ahora, con Sinners se consagra como un cineasta con una visión propia, capaz de utilizar los códigos del blockbuster para contar historias increíbles. A pesar de estar a la vanguardia del cine comercial, parece un autor noventero: un director de esos que solo necesitan libertad para sacudir la crítica y la taquilla.

Sinners lo tiene todo. Es, al mismo tiempo, una fantasía gótica, un drama racial, una carta de amor al sur afroamericano y una tragedia familiar con tintes shakesperianos. Los personajes no solo luchan contra monstruos literales, sino también contra los demonios del pasado, la violencia estructural, la herencia del racismo, la represión sexual y la culpa religiosa. Vamos, que Coogler ha unido todo lo que ya le marcaba como director para decir “aquí estoy yo”. Y allí adonde ha ido, el público lo ha seguido.
Michael B. Jordan es su aliado más fiel. Si bien hace poco vimos una interpretación doble algo extraña con Robert Pattison en Mickey 17, ahora Jordan llega para dejar claro que esto de hacer dos papeles no solo es una gran oportunidad, sino que puede hacerse de maravilla. Hay matices tan claros entre Smoke y Stack que te olvidas de que estás viendo a una misma persona. Donde uno es intensidad y sacrificio, el otro es contención y frialdad: parece que estés viendo a Al Pacino y Robert DeNiro interactuar en la piel de Jordan.
Visualmente, no se queda atrás. Autumn Durald Arkapaw, El director de foto, estaba algo denostado después de trabajar en The Marvels, pero en Sinners ha demostrado que, si le dejan hacer lo que quiere, se viene arriba con facilidad. Es quien da a la película su tono más terrorífico, y quien consigue que eso de un western de vampiros funcione.

Pero, por supuesto, el gran factor añadido al filme es la música. Si os digo que la hace Ludwig Göransson, probablemente ya resuene en vuestra cabeza la música de The Mandalorian, Oppenheimer o Tenet. Pero no me tiembla el pulso a la hora de decir que, con Sinners, el compositor sueco ha llevado a cabo el mejor trabajo de su carrera.
No es casualidad que la gente compare a Sinners con Get Out o incluso con Pozos de ambición. No porque sean parecidas en su tono, sino porque todas ellas supieron capturar algo del zeitgeist, de la energía cultural de su tiempo. Sinners no está interesada en agradar a todos. Es visceral, a ratos incómoda, incluso extraña. Pero esa extrañeza es su gran fuerza. En un año donde ninguna película parecía tener alma, esta película deja claro que, como siempre, el cine (comercial) aún tiene salvación.