En 1993, Bill Clinton se convirtió en el 42º presidente de Estados Unidos, y era un golpe de frescor ante George Bush, su antecesor: tocaba el saxofón, hacía bromas, no llegaba a los 50 años y llegó a tener un increíble índice de aprobación, incluso pese a su escándalo con Mónica Lewinsky, que llenó titulares en todo el mundo. Sin embargo, en los primeros días de su presidencia, antes de aquello, el público general hablaba de otra cosa muy distinta: del gato del presidente, Socks. Qué queréis, no había TikTok, había que divertirse de alguna manera.
Un gato jazz
Se dice que los gatos deciden quién será su futuro dueño, y el caso de Socks es paradigmático: en 1991, cuando el minino tenía dos años, saltó a los brazos de Chelsea Clinton mientras vivía en Little Rock, y se quedó inmediatamente enamorado de él. Fue un gato nacido para la gloria desde su mismo nombre, que provenía de la novela Socks, de Beverly Cleary, en la que su protagonista debe enfrentarse a la llegada de un bebé a su casa. Es algo que no le pasó al gato de los Clinton, que, dos años después de ser adoptado, se fue a vivir a la mismísima Casa Blanca con la familia. Al fin una choza digna de un gato.
Socks llegó a tener su propia versión animada en la web de la Casa Blanca, asistió a todo tipo de inauguraciones, fue el co-protagonista del libro de Hillary Clinton Dear Socks, Dear Buddy, tuvo su propio cómic (Socks goes to Washington), tuvo su propio Muppet entrevistado por Kermit y hasta protagonizó un episodio de Murphy Brown sobre su supuesta desaparición. A mediados de los 90, en Estados Unidos, Socks se convirtió, de la noche a la mañana, en una estrella de la cultura pop.

Y, por supuesto, ¿cómo iba a sobrevivir una estrella en los 90 sin su propio videojuego para Super Nintendo y Mega Drive? Dicho y hecho: Realtime Associates, que había hecho juegos como Beavis y Butthead o Captain America and the Avengers, se puso manos a la obra para hacer Socks the Cat Rocks the Hill, con susodicho gato como protagonista absoluto en un clásico plataformas de la época. En el juego, Socks debía avisar a la familia Clinton del robo del aparato para lanzar un misil nuclear, y para ello atravesaba todo Washington entre políticos, periodistas, espías y mucho más. ¡Incluso Nintendo, que odiaba meter política en sus juegos, acabó aceptándolo! Entonces, ¿qué pasó?
Socks the Cat Rocks the Hill estaba ya prácticamente terminado, con 11 niveles ya diseñados y las luchas contra los jefes (otros políticos e incluso las mascotas de otros presidentes) más que pensadas. Y en ese momento, Kaneko, que iba a distribuir el juego en Estados Unidos, cerró sus oficinas en el país, obligando a cancelar títulos terminados como este o Fido Dido. Y el juego, a pesar de ya tener algunas críticas de medios especializados, desapareció… hasta 2011, cuando un coleccionista privado, Jason Wilson, compró el prototipo y lo mostró en YouTube. El juego pasó de mano en mano hasta llegar a Tom Curtin, que decidió lanzarlo vía Kickstarter: el 1 de febrero de 2018, finalmente, todo el mundo que quisiera pudo jugar a uno de esos videojuegos malditos que nadie creyó que existiera de verdad.
Es posible que te preguntes qué pasó con el verdadero Socks, y su final no es tan divertido: como se llevaba mal con Buddy, el perro de la familia, cuando llegó la hora de mudarse de la Casa Blanca para dejar sitio al siguiente presidente (George W Bush), los Clinton le dejaron el gato a su secretaria, Betty Curie, que se lo llevó a su casa de Maryland donde vivió junto a su esposo hasta 2009, cuando murió de cáncer a los veinte años. ¡Veinte añazos! Tristemente, Socks ya había dejado de ser un icono cultural por aquel entonces, pero al menos siempre quedará inmortalizado como bits en una pantalla. Miaunos da una piedra.