Todos conocemos a Elon Musk. Es mitad Tony Stark, mitad villano del Capitán Planeta: ha formado parte del gobierno de Donald Trump, popularizado el coche eléctrico, destruido Twitter (hasta convertirla en X, sea lo que sea eso) y buscado, de manera desesperada, el amor de un público que ya ha demostrado en varias ocasiones que, salvo aquellos que pagan por su insignia azul, no le aguanta. Sin embargo, hubo una época donde este magnate, capaz de acabar con el hambre en el mundo (y que, pese a todo, decide no hacerlo cada mañana al levantarse), era un simple nerd creando videojuegos en su casa. Así es, de hecho, como ganó su primer billete gracias a un pequeño plagio de Space Invaders llamado Blastar.
Eat the rich, make video games
Elon Musk es muy aficionado a los videojuegos, o eso dice. De hecho, llegó a ser uno de los mejores del mundo en varios de ellos… hasta que se descubrió que pagaba a jugadores mejores que él para quedar el primero. Si alguna vez pensabas que tenías el ego bajo, piensa que el tipo más rico del mundo necesita que le masajeen la espalda de esta manera tan artificial. No siempre fue así, conste: a los 12 años, Musk era un chaval que no soñaba con construir cohetes en la vida real, sino en programarlos para que otros se divirtiesen.
A inicios de los 80, Musk estaba viviendo con su padre y sus hermanos aunque, como ha declarado en más de una ocasión, su vida era poco menos que un infierno. Tanto, que se refugió en la literatura fantástica y en aprender a programar para su VIC-20, el primer ordenador de la historia que vendió más de un millón de unidades. Simplemente aprendiéndose el manual de usuario, el chaval acabó creando, en 1984, Blastar, un juego terriblemente sencillo en 8 bits que puedes aprender a jugar en un minuto y a dominar en dos. Suficiente para ganar el primer sueldo de su vida.

Blastar, que salió un año después de Blaster (no lo confundamos con el clásico shooter para arcades), constaba de una nave que tenía que acabar con cargueros alienígenas esquivando tanto las bombas de hidrógeno mortales como las máquinas de rayos de estado. Suena espectacular, pero no lo es. Sin embargo, en la revista PC and Office Technology les pareció lo suficientemente increíble como para aflojar 500 dólares y comprarle el código, que publicaron en la revista. Si querías jugarlo, el código lo tenías que montar tú mismo, claro: así funcionaban las cosas por aquella época, al fin y al cabo.
La anécdota quedó en anécdota hasta 2015, cuando Tomas Lloret, un joven ingeniero de software de Google proveniente de Valencia, lo hizo jugable, para que todos ahora podamos ver esta pieza perdida de la historia. No es muy impresionante, pero sirvió para que Musk empezara a cogerle cariño a dos cosas: a la programación y al dinero. Lloret, por cierto, ha acabado trabajando con el empresario y ahora mismo está en Los Angeles en las oficinas de SpaceX. Y uno no puede sino preguntarse si alguna vez han hablado de Blastar entre vuelo y vuelo. Es lo suyo, ¿no?
Por cierto, Musk sí que llegó a hacer más videojuegos, pero solo como asistente durante un verano. Fue diez años después, en Rocket Science Games, un estudio que hizo un montón de cosas que no han pasado a la historia, pero entre las que había tres títulos donde, se supone, trabajó el ahora billonario: Loadstar, the legend of Tully Bodine; Cadillacs & Dinosaurs: The second cataclism y Rocket Jockey. Era solo un becario, así que se acabó contentando con salir en los créditos de Loadstar. Menos da una piedra.
Si te estás preguntando qué pasó con Rocket Science Games, bueno, la historia no es muy bonita: empezaron saliendo en portadas, recaudaron 35 millones de dólares y entonces, tal y como dice su fundador, Steve Blank, “me di cuenta de que nuestros juegos eran terribles, nadie los estaba comprando, nuestros mejores ingenieros empezaron a irse y con 120 personas que se quemaban enseguida nos estábamos quedando sin dinero y a punto de entrar en bancarrota”. Fue lo que pasó, por cierto: en 1997, Rocket Science Games quebró y, aunque pudo hacer artimañas para sobrevivir hasta el 2000, al final no quedó otra solución. ¡Nos puede pasar a todos! Excepto, claro, a Elon Musk. Hay gente que nace con suerte.