El adiós a Francisco Ibáñez: ¡No llore, no, que le voy a dar yo despedida lacrimógenaaa!

Este fin de semana, una luz se apagó tanto en mi interior como en el de miles de niños de varias generaciones: Francisco Ibáñez nos ha dejado botarates, merluzos, soplagaitas y mamelucos.

Mi niñez sabe a cerezas del árbol de mi abuela, huele a hojas frescas del bosque y se entiende con viñetas de Mortadelo. Era mi tradición favorita: ir al kiosco, comprar un Super Mortadelo (o lo que hubiera llegado esa semana de Bruguera) y enfrascarme entre las páginas y los cachiporrazos de ‘El sulfato atómico’, ‘El preboste de seguridad’, ‘El profeta Jeremías’ o lo que tocase entre Sportys, Pafmans y Doctor Pacosteins.

Este fin de semana, una luz se apagó tanto en mi interior como en el de miles de niños de varias generaciones: Francisco Ibáñez nos ha dejado botarates, merluzos, soplagaitas y mamelucos con un adiós que ninguno de nosotros teníamos en la mente. Quizá porque, simplemente, no queríamos pensar en la posibilidad de que no fuera eterno.

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¡Corra, jefe, corra!

La bandera de la TIA (y, probablemente, de la ABUELA) a media asta. El 13 de Rue del Percebe completamente vacío. El aullido vespertino, sin noticias. Pepe Gotera y Otilio, sin nada más que arreglar. Rompetechos confundiendo el velatorio con Velas De Orio. Chicha, Tato y Clodoveo renunciando, finalmente, a tener empleo. Las creaciones de Francisco Ibáñez son miles, inmortales, hilarantes y siempre magníficas. Incluso en anuncios como Pepsiman era capaz de sacar nuestros instintos más primarios: los de los golpetazos y los cachiporrazos varios.

Aunque probablemente nunca volvió a estar al nivel estético de ‘El sulfato atómico’ (un álbum que originalmente iba directo para Francia) y los cómics de los últimos años no han estado al nivel de antaño, varias generaciones han aprendido a leer gracias a los “¡Corra, jefe, corra!”, “¡Le voy a dar yo!”, “¡Burricalvo!” y demás payasadas del más icónico, el número uno, el más querido por motivos obvios.

Ahora toca una vida tras Ibáñez. Una vida que no va a ser fácil sabiendo que nunca jamás volveremos a ver al moroso del ático, al Bacterio con las barbas en llamas, a Otilio comiéndose un bocadillo de ratón o a Tete Cohete haciendo de las suyas. Podemos hablar durante años del legado de grandes magos de la literatura y Premios Nobel, pero nadie ha dejado tanto poso como un chupatintas que siempre afirmó que su mujer sabía que estaba vivo porque escuchaba moverse el lápiz.

Cada vez que tengo que escribir un texto de humor, lo primero que pienso es en la referencia obligada a Ibáñez. Porque tiene que estar. Porque sin él nunca habría escrito una palabra, nunca se me hubiera ocurrido abrir un tebeo, nunca habría reído hasta llorar con “Los tíos con bigote tienen pinta de hotentote” y “O limpiada con bayeta, o limpiada con estropajo, relucirá su cazuela con detergente Cascajo”. ¡So berzotas, les dije “Rezar a dios por la calle”, no “Dar un adiós a Ibáñez”! ¡No corran, noooo!

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