El beso no consentido más famoso de la historia: ¿Qué pasó en Times Square en 1945?

La fotografía, titulada ‘V-J Day in Times Square’ ha colgado de miles de paredes años y años. Solo hay un problema: el beso no fue en ningún momento consentido.

Durante décadas, ese beso se convirtió en el epítome de lo romántico. Él, un marinero recién llegado de la II Guerra Mundial. Ella, una chica que se dejaba llevar por su varonil abrazo en el centro de Nueva York. Jolgorio, risas, alborozo. La fotografía, titulada ‘V-J Day in Times Square’ ha colgado de miles de paredes años y años. Solo hay un problema: el beso no fue en ningún momento consentido.

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Sesenta años en silencio

14 de agosto de 1945. Alfred Eisenstaedt se encuentra en plena celebración de la victoria estadounidense contra Japón cuando ve una escena irrepetible, con el ángulo perfecto. Una semana después se publicaría en la revista ‘Time’ en un reportaje de doce páginas sobre el fin de la guerra, e inmortalizaría a sus dos protagonistas casi sin rostro.

“Me fijé en un marinero que venía hacia mi. Cogía a todas las mujeres que encontraba y las besaba, jóvenes y mayores”, comentó el fotógrafo en uno de sus libros, mostrando que, efectivamente, el beso no fue consentido sino que se tomaba como algo natural. Hemos ganado, pues beso. De los dos protagonistas de la foto solo tenemos claro quién era ella, Greta Zimmer Friedman, que por aquel entonces trabajaba en una clínica dental (de ahí el uniforme). Y fue ella la que derribó el mito.

Una vez que se supo su identidad empezó a ser más abierta sobre el tema. Pero no hubo suspiros enamorados, sino más bien de pura resignación. “No fue mi elección ser besada. El tío simplemente vino, me agarró me besó. No fue un momento romántico. Fue simplemente un momento de dar gracias a dios porque la guerra se había terminado”, dijo en una entrevista en la Librería del Congreso estadounidense en 2005.

Normalmente está bastante aceptado que el hombre era George Mendonsa, que salió de un cine en el que estaba viendo una película con su novia (y después esposa) Rita para celebrar la victoria y, ya de paso, besar a Greta. “Me había tomado unas copas y la consideré una de los nuestros porque era una enfermera”, comentó en una ocasión, haciendo que todo encaje. Era 1945. Lo triste es que tengamos que pasar por todo esto otra vez en 2023, y la palabra “consentimiento” no parezca significar absolutamente nada.

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El camarero que dejó un crucigrama como nota de suicidio (y aún no se ha resuelto)

En el sobre que Antal tenía entre los dedos se podía leer una nota en la que ponía “La solución te dará las razones exactas de mi suicidio y también los nombres de las personas interesadas”.

3 de marzo de 1926. Un hombre entra al Café Emke, en Budapest, pide algo e intenta llamar por teléfono varias veces. Una hora después de no encontrar a la persona que estaba buscando, se mete al baño y se dispara en el pecho y, para asegurarse de que iba a morir, en la cabeza. No era algo tan increíble en la Hungría de aquella época, que, de hecho, recibió el apodo de “ciudad de los suicidios“. Pero este tenía algo especial: un sobre entre los dedos del muerto que a día de hoy no se ha podido solucionar.

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A comerse la cabeza

Cuando la policía llegó al lugar de los hechos, pudieron identificarle: se trataba de Gyula Antal, un camarero que llevaba un tiempo viviendo en la pobreza y al que acababan de echar a la calle al no poder pagar el alquiler. Para pagar sus deudas, de hecho, dejó atrás todas sus ropas. El motivo para lo que hizo parece obvio, ¿verdad? Bueno, hay una pieza del puzzle que no conocéis. O más bien del crucigrama.

En el sobre que Antal tenía entre los dedos se podía leer una nota en la que ponía “La solución te dará las razones exactas de mi suicidio y también los nombres de las personas interesadas”. Dentro, un crucigrama sin rellenar que la policía empezó a completar pero dejó por parecerle “muy complicado”. Parece el inicio de una buena novela policiaca, pero la historia nunca es tan apasionante y se detiene aquí.

Hay que tener en cuenta que en los años 20 hubo toda una moda por los crucigramas, tanto como ahora puede haber por los videojuegos o las películas Marvel. Y como tal, hubo periódicos que vaticinaron el fin de los crucigramas en años posteriores antes de asimilarlo como un pasatiempo más. La gente de la calle veía los crucigramas como la cosa más moderna del mundo. Lo era, en cierta medida.

A punto de cumplir cien años de la muerte de Antal, y sabiendo que la historia es cierta y no una leyenda urbana gracias a los periódicos de la época, solo nos quedan preguntas: ¿Podremos algún día ver el crucigrama sin resolver? ¿La policía lo tiró a la basura? ¿Por qué no hay ahora mismo cinco o seis escritores contando la historia de un detective que no se ha visto jamás en una de estas? Preguntas y más preguntas. Ojalá algún día tener la respuesta.

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Seamos sinceros: la Coronación de Carlos III ha sido tan histórica… como profundamente aburrida

La perfección medida al dedillo y el clasicismo casi propio de ‘Juego de Tronos’, hoy por hoy, es tan emocionante como ver pintura secándose.

Pues nada, ya lo tenemos. Carlos III es oficialmente el rey de Reino Unido, para emoción de unos pocos y desazón de todos los que hemos visto unas cuantas horas de absoluta anti-televisión: la ceremonia pretendía ser la Coronación más moderna de la historia pero, más allá de la importancia histórica (que la tiene) ha demostrado que la perfección medida al dedillo y el clasicismo casi propio de ‘Juego de Tronos’, hoy por hoy, es tan emocionante como ver pintura secándose.

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Ha salido todo bien

La Coronación de la reina Isabel II fue un evento recordado por todos los londinenses desde 1953. Está claro: no solo eran los años 50 y, en general, se creía mucho más en la Familia Real británica, sino que además Isabel II era querida entre la población. Tenía 26 años y suponía una revolución para la anquilosada monarquía inglesa. Sin embargo, en 2023 sabemos que, metidos en sus tradiciones arcaicas, todo fue más de lo mismo.

Y no parece que Carlos III vaya a mover ficha para modernizar la institución lo más mínimo: ver la Coronación ha sido como mirar por una rendija al pasado, ese en el que había señores, súbditos y vasallos, la Iglesia seguía teniendo poder mágico y los reyes eran ungidos con aceite divino por manos del obispo de Canterbury. En una época de redes sociales, inteligencia artificial y el futuro en el presente, comerse la ceremonia eclesiástica ha sido como aguantar la boda más larga (y lujosa) del mundo. Una de esas en las que te acabas preguntando “Bueno, ¿qué habrá de comer después del rollo este?”.

Al final, el anacronismo histórico es lo único que ha tenido algo de interés: la espada gigante, el orbe de oro, los cetros, los arrodillamientos, los “¡Salve al rey!”. Para un monarca que solo tiene un 49% de aprobación, esta ostentación de poder y riqueza, por más que se empeñe en decir que se trata de una ceremonia la mar de austera, no puede ser buena.

¿Y ahora qué?

No eran pocos los que, entre memes y noticias, han aprovechado para indicar una realidad: los reyes que verdaderamente habrían sido laureados eran otros. La única manera de convertir este desatino en una iniciativa realmente interesante para la ciudadanía habría sido ungiendo a William y Kate, la pareja de oro de la monarquía británica, mientras aún les quedan años por delante en los que puedan hacer evolucionar una institución que se ha quedado varada en el pasado.

Carlos y Camilla no son del agrado de una sociedad inglesa que ha tenido que verles pasar por numerosos escándalos, desde la famosa conversación del Tampax (si no sabéis a lo que nos referimos buscad en Google, no os arrepentiréis) hasta todo lo relacionado con una Lady Di que ha estado hoy más presente en las conversaciones que la mismísima reina. Ellos ni siquiera lo saben, y puede que solo Harry se haya dado cuenta: la monarquía británica actual es un show… que Carlos no ha sabido montar.

La Coronación de 2023 pasará a la historia por su importancia histórica, sí, pero no por la marca que deje en unos ciudadanos hastiados que aún están recuperándose del combo del Brexit, la pandemia, Boris Johnson, Liz Truss y el fallecimiento de la Reina Madre. El momento en el que el obispo ha pedido a la gente que desde casa grite vivas al rey y se arrodille para mostrar respeto y vasallaje, no he podido evitar una carcajada: el siglo XVI abriéndose paso en el siglo XXI a la fuerza. Pura vida moderna.