En los años 80, el uso de cocaína en los rodajes de películas era una práctica tan común en Hollywood que Barry Diller, exdirector de Paramount, se refiere a ello como “el buffet clásico de Hollywood” en su autobiografía Who Knew. En una reciente entrevista, Diller compartió anécdotas sorprendentes sobre el ambiente de trabajo de esa época, señalando que muchos actores estaban bajo los efectos de las drogas sin que ello causara alarma alguna.
Una película donde no había espinacas en el rodaje precisamente
Una de las historias más impactantes giró en torno al rodaje de Popeye en Malta, donde según Diller, había un uso inusitado de latas de películas para transportar cocaína al set. La producción se enfrentó a un ambiente tan desinhibido que él mismo afirmó: “No podías escapar de ello.” La revelación sugiere que el equipo de trabajo, en gran parte, estaba bajo el influjo de drogas, lo que podría explicar el peculiar resultado final de la película.
Diller recordó cómo las latas de película eran enviadas diariamente a Los Ángeles para ser procesadas, y durante ese proceso, se utilizaban para transportar cocaína. Este tipo de anécdotas no solo ponen de relieve la relación delictiva entre el cine y las drogas durante esa época, sino que también invita a una reflexión sobre la cultura del entretenimiento en Hollywood durante esos años.
En la actualidad, el set de rodaje de Popeye se ha transformado en un parque temático, dejado intacto por el director Robert Altman. Los visitantes pueden explorar el pueblo que fue parte del rodaje por un costo de 25 euros, y quizás hasta encontrar algunas “sorpresas inesperadas” de 1980. Mientras tanto, la historia de la producción y su turbulenta relación con las drogas continúa resonando, ofreciendo un vistazo intrigante a un periodo caótico en la historia del cine.
Contrariamente a lo que se suele creer, Popeye no nació de la nada comiendo espinacas y dando tundas a los villanos que querían secuestrar a Olivia. De hecho, tardó casi diez años en hacer su primera aparición en la tira cómica Thimble Theatre, la obra maestra de E. C. Segar, que a lo largo de los años se fue centrando cada vez más en ese marinero malhumorado que, en muy poco tiempo, se ganó el amor de los lectores. En 1933, hizo su primera aparición fuera de las viñetas en los cortos animados del mítico Max Fleischer (si todos estos nombres no os suenan, preguntadle a Google, hay todo un nuevo y apasionante mundo por descubrir frente a vosotros) y el resto es historia.
La producción de Popeye es absolutamente inabarcable, desde los miles y miles de cómics (la tira sigue publicándose cada domingo desde hace 106 años) hasta los 231 cortos, sus tres series de animación, la película de acción real -cuyo decorado aún podéis ver si paráis por Malta reconvertido en un parque de atracciones- o incluso restaurantes y videojuegos. Sí, videojuegos. Por raro que ahora, en plena época de las producciones AAA multimillonarias, nos pareciera un mundo abierto de Popeye dando mamporros, no hace tanto era una inversión segura.
Ha habido versiones para ZX Spectrum, Game Boy, Game Gear (que por algún motivo lanzó un juego de voleibol con el personaje como protagonista), Game Boy Advance, NES y Nintendo Switch, pero la más recordada es una en la que ni siquiera aparecía él. Se trataba de una idea basada en Popeye rescatando a Olivia a través de distintas plataformas y que acabamos conociendo como, efectiva e inesperadamente, Donkey Kong.
Shigeru Miyamoto había recibido el primer encargo serio de su vida, y tenía claro lo que quería: en marzo de 1981 estaba completamente centrado en montar su arcade basado en la tira cómica de Popeye. Incluso tenía ya un título: Popeye’s Beer Barrel Attack Game. Os podéis imaginar, después de jugar a Donkey Kong, qué personaje era Mario y quién Pauline. La gran sorpresa vino a la hora de escoger un enemigo: lo normal sería escoger al villano de la serie, Bluto, como el raptor, pero tras unas cuantas pruebas, en su lugar, Miyamoto dibujó a un gorila sin nombre al que acabó llamando… Kong.
Haciendo el mono
¿Cuál era el motivo de escoger a un gorila en lugar de a Bluto? Bueno, a Miyamoto le parecía más interesante y cómico, “nada muy malvado o repulsivo”. El único problema era que era muy complicado representar a Popeye con un sprite de 16 x 16 puntos y que fuera reconocible. Bueno, eso y que tuvieron problemas de copyright: al final no consiguieron la licencia, así que se vieron obligados a ir improvisando por el camino. ¿No podemos usar a Popeye? Bueno, pues tendremos que tirar de un personaje creado para la ocasión.
En este caso, el héroe sería un señor con mostacho, gorra roja y mono rojo llamado Mario, como homenaje al dueño de las oficinas donde estaba Nintendo, Mario Segale. Según Miyamoto, era “un tío divertido y tranquilo” (que no es como yo le definiría precisamente, pero bueno). En el estudio no lo tenían tan claro, al menos al principio, y viendo los prototipos, creían que el juego sería “como Crazy Climber y Pac-man juntos y divididos entre dos”. Pero la realidad les dio de bruces en la cara cuando, en apenas unos meses, Miyamoto sacó adelante Donkey Kong, creando un éxito como pocos se recuerdan y creando de la nada a dos de las figuras más increíbles de la historia de los videojuegos: Mario y Donkey Kong.
Según se dice, esta es la primera vez que una historia (aunque viniese de los cómics originales que no pudieron usarse) impactó al gameplay, en lugar de dejar que en base a este se buscara una excusa argumental. Donkey Kong fue más importante para la historia de los videojuegos de lo que ninguno de nosotros puede imaginar, pero la historia aún tiene un giro más, una ironía del destino.
Y es que en 1982, solo un mes después de cambiar los videojuegos para siempre, Nintendo sacó para Game & Watch su juego basado en Popeye… Y otro para arcades el año siguiente. Por suerte, Miyamoto se pudo quitar la espinita y dirigirlo. Y sí, es tremendamente parecido, en el fondo, a Donkey Kong, pero pasado por el filtro del tiempo, del aprendizaje y de quien tiene aún todo por demostrar. En 1983 apareció Mario Bros, poniendo nombre de manera definitiva al héroe de rojo y a su hermano de verde. A partir de aquí, Miyamoto no volvió a olvidarse de tomar sus espinacas y se convirtió en el número uno de la industria… Y quizá no lo hubiera conseguido sin este pequeño traspiés. Maravillas de la vida.