En 2016, salió a cines una de las películas de fantasía más esperadas de toda la historia. Después de años convertido en el videojuego más jugado y de tener varias resurrecciones posteriores, Warcraft tuvo por fin una adaptación al cine. Era uno de los estrenos más esperados de los fans de la fantasía y los videojuegos. Sin embargo… no todo fue como se esperaba.
La película recaudó 439 millones de un presupuesto de 160, por lo que no puede decirse que fuera un fracaso absoluto. Sin embargo, la crítica la vapuleó y la dejó por los suelos, lo que provocó que no se trabajara en posteriores secuelas ni en seguir ampliando su universo cinematográfico. Un caso similar al de Dungeons & Dragons, aunque en esta ocasión fue más el público el que se alejó de la película que la propia crítica.
Ahora, sin embargo, Warcraft: el origen —tal y como se tituló finalmente— está viviendo una nueva vida gracias a Netflix. La película se ha colocado como la quinta de las más vistas de la plataforma de streaming a nivel mundial, y ahora muchos se preguntan por qué no tuvo más éxito en su momento o por qué no se siguió explorando este universo. Lo cierto es que, a pesar de su mala acogida en su momento, merece echarle un ojo tanto para verla desde otra perspectiva como para echarle un primer vistazo sin prejuicios.

Las virtudes detrás de Warcraft
La trama de Warcraft: el origen se centra en el primer conflicto entre los humanos del reino de Azeroth y los orcos de Draenor, que huyen de su mundo moribundo en busca de un nuevo hogar. De este modo, se trata de una película de fantasía bélica en la que los personajes principales, como el guerrero humano Anduin Lothar y el orco Durotan, intentan encontrar una manera de evitar la guerra entre sus pueblos. Sin embargo, pronto se darán cuenta de que no todo es tan fácil como piensan.
A pesar de que fuera criticado, uno de los aspectos más destacados de Warcraft: el origen es su impresionante apartado visual. Las criaturas hechas por CGI y los paisajes increíbles del mundo de Warcraft están realizados con un nivel de detalle impresionante. Además, las armaduras, las armas y los escenarios recrean fielmente el estilo del videojuego, sumergiendo a la audiencia en Azeroth.

Por otra parte, el guión, a pesar de no funcionar como debería, cuenta con algunos detalles bastante interesantes. Sin ser un tutorial, consigue ser lo suficientemente introductorio como para adentrar a quienes no conocen el videojuego en la trama. Y el tratamiento de los personajes consigue resumir con gracilidad la complejidad de Warcraft. Además, la banda sonora compuesta por Ramin Djawadi añadió una capa épica y emotiva a la narrativa.
Visto en perspectiva, quizás lo que menos ayudó a Warcraft: el origen fue la saturación del mercado de películas de fantasía y adaptaciones de videojuegos en ese momento. Películas como El Hobbit y diversas entregas de superhéroes de Marvel y DC competían por la atención del público en ese momento, en un mercado que pronto dejaría claro que no daba para más. Eso hizo más difícil que Warcraft destacara entre la multitud, puesto que apostaba por un universo más que a los espectadores ya les costaba asimilar. Además, el estigma de las malas adaptaciones de videojuegos al cine pesaba en la mente de muchos espectadores, quienes abordaron la película con escepticismo desde el principio.

Visto así, quizás ahora estemos en un momento mucho más receptivo para este tipo de películas. Tras las grandes adaptaciones de videojuegos que hemos tenido en los últimos años, además de grandes sorpresas fantásticas como Dungeons & Dragons: Honor entre ladrones, es un buen momento para que Warcraft vuelva a salir a la luz. Y en Netflix lo han entendido a la perfección.