Mil millones de muñecos vendidos en todo el mundo. Si lo piensas, es una cifra absolutamente increíble: hay un Funko por cada ocho personas en el mundo, y creciendo. Desde su inicio en 1998, la empresa ha ido devorando las tiendas de cómics alrededor del mundo, hasta el punto en el que en una tienda especializada es más normal encontrar figuras cabezonas que tebeos. No es para menos: hay más de 25.000 figuras distintas de todas las franquicias que quieras, y la cosa prometía seguir hasta el infinito decorando las casas de todo el mundo… Si no fuera porque, claramente, han perdido tracción y popularidad. Y la única pregunta que queda por hacer es: ¿Sigue habiendo futuro en los Funkos o es la crónica de una muerte anunciada?
Funko Nons
Es un regalo sencillo, divertido y normalmente agradecido: si tu amigo es fan de Street Fighter, le regalas un Funko de Ken. Si es seguidor de Spider-man, uno de Miles Morales. Si lo que le gusta es la lucha libre, le encantará tener a Hulk Hogan en su estantería. O lo que deduces que es Hulk Hogan, al menos: los Funkos no dejan de ser figuras cabezonas con dos puntos por ojos y reconocibles sobre todo por sus ropajes. Hay que echarle imaginación, vaya. Los millennials hemos vivido enganchados a sus cantos de sirena, pero a medida que la Gen Z se va haciendo con el mercado y dominando la cultura pop, van perdiendo interés.
Al fin y al cabo, cada generación ha tenido sus muñecos particulares, desde los Playmobil hasta las Barbie, las figuras de acción de dibujos animados o las Bratz. Por supuesto que los Funko Pop eran una moda pasajera, solo que tan claramente enfocada al consumismo desaforado que es posible que en dos décadas, cuando todo haya pasado, no se recuerden ni con el cariño suficiente para hacerles una película o tener un revival. De hecho, sus intentos de salirse de la línea juguetera, con el videojuego Funko Fusion a la cabeza, no han dado los resultados que se esperaban, y hay un motivo que lo explica.
La gente sigue teniendo un amor loco por las franquicias en las que se basan los Funkos, pero no guardan ningún tipo de respeto por la marca en sí, más allá de casos específicos de coleccionistas que han apostado muchísimo tiempo -y dinero- para tener tantos como sea posible. Y ojo, esto no lo digo yo sacándomelo de la manga: comparando el segundo trimestre de 2024 con el de 2025, perdieron, mundialmente, 193,5 millones de dólares en ventas, un 22%. Se pueden poner las excusas que cada cual quiera para justificar su nostalgia, pero la cosa claramente ha perdido su momento de gloria y empieza la cuesta abajo de la montaña rusa.
Otra posibilidad es que la gente siga queriendo Funkos pero, en su ansia por ganar más, la propia marca haya sobresaturado el mercado. Cuando solo había una figura de cada personaje era emocionante y divertido. Cuando hay varias versiones que aparecen de manera periódica, la emoción se pierde y los coleccionistas los compran con la misma ilusión de quien ficha por las mañanas en el trabajo: no es una cuestión de fanatismo o de ilusión, sino de simple rutina. Y si algo no quieren ser estos muñecos, que se venden como una manera de imaginar y escapar del gris día a día, es rutina.
Si Funko está dando sus últimos coletazos o, por el contrario, sabrá sobreponerse a su gasto excesivo y reinventarse, aún no lo podemos saber. De momento, cabe apostar por lo primero: cuando el río suena, muñecos cabezones con ojos inertes lleva. ¿Tendremos Brainrot Italiano a gran escala como el próximo zeitgeist cultural? ¿O una nueva versión de Funko para otra generación? De momento solo queda esperar: lo bueno de hacerse viejo es saber que todo va y viene, pero nunca termina del todo.