A24, el estudio que está detrás de la adaptación al cine de The Backrooms, el fenómeno de terror nacido en internet, ha retirado hoy reclamaciones automáticas por copyright que habían afectado a vídeos y obras de creadores independientes. Lo hizo después de la protesta de la comunidad y de la intervención pública de Kane Parsons, director de la película. Los avisos habían alcanzado incluso a contenidos que, según sus autores, existían antes de la adaptación cinematográfica, así que A24 estuvo a muy pocas horas de convertir uno de sus mayores éxitos en un problema serio de reputación.
La reacción no tardó nada. En una comunidad que lleva años construyendo el universo de The Backrooms entre mucha gente, la idea de que un estudio intentara apropiarse del concepto cayó como una bomba. La situación empezó a enfriarse cuando Kane Parsons, una de las figuras centrales del fenómeno en YouTube, dijo en público que esas reclamaciones “no deberían estar ocurriendo” y prometió revisar qué estaba pasando.
Poco después, A24 retiró los avisos y sostuvo que no se trataba de un intento de reclamar la propiedad del mito de The Backrooms. Según explicó la compañía, las notificaciones salieron de un “error de un sistema externo” ligado a sus esfuerzos antipiratería. Más tarde, A24 precisó algo más: no estaba reclamando derechos sobre la imagen original de las paredes amarillas, ni sobre el post inicial que dio pie al fenómeno, ni sobre el conjunto de obras creadas por la comunidad.
Ese matiz hacía falta.
Sin esa aclaración, la polémica amenazaba con golpear tanto a la película como a la relación de A24 con la red de creadores que volvió popular la idea. Kane Parsons fue clave para contener el daño: su respuesta pública no solo aceleró la rectificación, también ayudó a mantener la buena disposición de los fans hacia su versión de The Backrooms y, por extensión, hacia su colaboración con A24.
Parte del conflicto pasa por una distinción básica del copyright que en internet se emborrona con facilidad: la idea general no está protegida, pero su expresión concreta sí.
The Backrooms nació, según la propia comunidad, en 2019, a partir de un post anónimo en 4chan con la ya icónica imagen de un espacio vacío, amarillento y con aire de oficina interminable. A partir de ahí, miles de usuarios estiraron el concepto en todas direcciones, con relatos, vídeos, mapas, criaturas y reglas propias, de modo que cuesta hablar de una sola propiedad cerrada.
Lo que sí puede protegerse son expresiones específicas dentro de ese universo.
Ahí entra Kane Parsons. Sus vídeos en YouTube convirtieron The Backrooms en una narrativa audiovisual reconocible, con un estilo, un ritmo y una mitología propios, y esa es la interpretación concreta que A24 llevó al cine. El episodio también deja a la vista un choque muy claro entre Hollywood y la cultura de internet: cuando los sistemas automáticos actúan primero y preguntan después, el coste no es solo legal; también puede ser cultural y reputacional.
Y aquí había mucho en juego.
La adaptación de A24, producida por menos de 10 millones, terminó recaudando más de 382 millones en todo el mundo, según datos de taquilla, y acabó convertida en la película más taquillera de la historia del estudio. Por ahora, la rectificación de A24 evitó una crisis mayor, pero el mensaje quedó ahí: cuando una franquicia nace de la creatividad colectiva de internet, gestionarla como si fuera una IP convencional puede salir muy caro.