Animal Man llevó la metaficción hasta el límite en 1990. Ese año, DC Comics publicó Animal Man #26 y puso a Buddy Baker frente a su propio guionista, Grant Morrison, convertido dentro del cómic en personaje con un nombre muy directo: The Writer.
Mucho antes de que “metaficción” se volviera una palabra de uso corriente en la cultura pop, DC ya había firmado uno de los finales más audaces que se recuerdan en la historia del cómic. En Animal Man #26, Buddy Baker termina cara a cara con quien escribe su vida, Grant Morrison, transformado dentro de la obra en The Writer.
El impacto de ese giro va bastante más allá de romper la cuarta pared. Lo que deja sobre la mesa es una idea que todavía da pie a discusiones entre lectores. Si un personaje puede alterar el tiempo, la materia o incluso el universo entero, sigue moviéndose dentro de las reglas de su ficción. Quien decide esas reglas desde afuera juega en otro plano. Ahí está, para muchos fans, la diferencia decisiva: The Writer sería el personaje más poderoso que haya aparecido jamás en un cómic.
La revelación llega al final de la celebrada etapa de 26 números que Grant Morrison escribió entre 1988 y 1990. En ese último episodio, Buddy Baker entiende que buena parte de su vida, de su sufrimiento y hasta de sus decisiones no respondían al azar ni a un destino superheroico, sino a elecciones narrativas de The Writer. Morrison lo presenta como una versión ficcional de sí mismo, alguien que tiene control absoluto sobre Buddy Baker durante ese tramo concreto de la serie.
Y ese matiz importa mucho para medir hasta dónde llega. The Writer no es exactamente el “dios” original de Animal Man ni su creador histórico, sino una clase de demiurgo con autoridad total sobre esa porción de la continuidad. Dentro de la historia, ese poder alcanza por igual lo enorme y lo mínimo. Su caracterización. Su vegetarianismo. Su chaqueta. Y, por encima de todo, tragedias brutales como la muerte de la familia Baker.
Ahí suele aparecer la comparación con héroes como Doctor Manhattan, el personaje de Watchmen. Doctor Manhattan puede manipular la materia y percibir el tiempo; The Writer se mueve en un plano metaficcional distinto. No domina el universo desde dentro, controla la narración desde fuera. Doctor Manhattan puede rehacer un mundo. The Writer decide qué mundo existe, qué les ocurre a quienes lo habitan y qué sentido tiene todo eso para el lector.
La etapa de Grant Morrison ya venía empujando el medio hacia lugares poco cómodos, con activismo por los derechos de los animales, villanos olvidados de DC Comics, terror existencial y una experimentación formal constante. Incluso hay muchos lectores que sostienen que la presencia de The Writer ya asomaba antes, insinuada desde Animal Man #14, publicado en 1989.
Por eso ese desenlace sigue recordándose como un hito. No fue solo un truco brillante o una pirueta ingeniosa, sino una reflexión bastante dura sobre la responsabilidad del creador, la identidad de los personajes y la ética del sufrimiento ficticio. Décadas después, continúa siendo uno de los finales más estudiados y celebrados del cómic moderno por lectores y críticos.
Más adelante, el guionista John Ostrander acabó con él en Suicide Squad #58, en un giro autoconsciente sobre el bloqueo creativo y la imposibilidad de imaginar una salida. Para entonces, de todos modos, el golpe ya estaba dado: en apenas unas páginas, Grant Morrison redefinió lo que podía ser un cómic de superhéroes y dejó flotando una pregunta que todavía sigue ahí.