En 2022, la NASA llevó a cabo la misión DART (Double Asteroids Redirect Test), en la que se estrelló deliberadamente una nave espacial contra Dimorphos, un pequeño satélite natural que orbita el asteroide Didymos, con el fin de probar tecnologías para desviar asteroides potencialmente peligrosos. Sin embargo, se calcula que el impacto generó un millón de kilogramos de rocas y polvo, lo que podría dar lugar a la primera lluvia de estrellas de origen humano en las próximas décadas, según un reciente estudio.
El estudio sugiere que los fragmentos expulsados tras la colisión de DART podrían llegar a la Tierra y Marte entre 10 y 30 años después de la colisión, generando lluvias de estrellas que podrían durar varias décadas. Eloy Peña Asensio, investigador del grupo de Investigación y Tecnología de Astrodinámica del Espacio Profundo de la Universidad Politécnica de Milán, explicó a la CNN que, una vez que las primeras partículas alcancen la Tierra o Marte, “podrían seguir llegando de forma intermitente y periódica durante al menos los próximos 100 años”.
El material expulsado podría producir meteoros visibles al penetrar en la atmósfera marciana, según Asensio. Aunque las partículas (que varían desde el tamaño de un grano de arena hasta el de un smartphone) no representan una amenaza para la superficie terrestre, ofrecerían un espectáculo similar al de las famosas Perseidas.

Para el estudio, los investigadores utilizaron datos captados por un pequeño satélite que se separó de la nave espacial antes del impacto. Con estos datos, realizaron simulaciones de tres millones de partículas, teniendo en cuenta la influencia gravitacional de diversos cuerpos celestes. Según sus cálculos, algunas de estas partículas podrían alcanzar Marte o la Tierra, dependiendo de la velocidad a la que salieron de Dimorphos.
Pero este futuro espectáculo no sería tan inofensivo como se podría creer. Clare Kenyon, astrofísica de la Universidad de Melbourne, destacó que los desechos espaciales dificultan la exploración espacial, y advirtió que su reentrada en la atmósfera terrestre libera sustancias químicas que debilitan la capa de ozono, afectando negativamente a la Tierra.