La rápida entrada de herramientas digitales sanitarias en hospitales, consultas y sistemas públicos de salud europeos está avanzando bastante más deprisa que la capacidad de supervisarlas. Esa es la advertencia que ha lanzado hoy la Oficina Regional para Europa de la Organización Mundial de la Salud, OMS Europa. Su temor es claro: si no se corrige ahora, la brecha de gobernanza entre países europeos puede volverse mucho más difícil de cerrar más adelante.
Para la OMS Europa, el problema ya no es solo técnico. Tiene que ver con la estructura misma del sistema. Hay mercados que ya cuentan con marcos de evaluación y control más asentados, mientras otros siguen incorporando soluciones con criterios desiguales sobre seguridad, transparencia, calidad de los datos y responsabilidad clínica. Lo que inquieta al organismo es que Europa esté levantando su sistema sanitario digital a distintas velocidades.
Y eso, llevado al terreno, tiene una consecuencia muy concreta.
Esa brecha de gobernanza significa que una misma herramienta puede encontrarse con exigencias muy distintas según el país, el hospital o incluso el servicio donde se implemente.
La OMS Europa pone el foco en preguntas que no son menores: cómo se valida el rendimiento de un sistema antes de usarlo con pacientes, quién asume la responsabilidad cuando falla, qué controles se aplican una vez desplegado y de qué manera se protege la información sanitaria sensible. Si esas diferencias no se corrigen ya, el organismo teme que los sistemas de salud queden amarrados a modelos difíciles de auditar, de actualizar o de retirar.
La advertencia llega, además, en un momento en que la digitalización sanitaria se está presentando como respuesta a las listas de espera, la escasez de personal y la presión sobre los presupuestos.
Pero la OMS Europa insiste en algo muy simple: la velocidad de adopción no puede reemplazar a la gobernanza. El riesgo, dice, es que hospitales y administraciones compren tecnología sin una evaluación clínica comparable entre países, sin obligaciones claras de seguimiento y sin garantías suficientes sobre sesgos, trazabilidad o explicabilidad. Cuando faltan esas piezas, los vacíos acaban traduciéndose en decisiones difíciles de revisar y en una pérdida de confianza por parte de profesionales y pacientes.
La receta que plantea la OMS Europa va por otro lado: reglas comunes y una supervisión sostenida en el tiempo.
Más en detalle, el organismo reclama marcos compartidos para evaluar herramientas sanitarias digitales antes de su adopción, auditorías periódicas, requisitos claros sobre calidad de los datos e interoperabilidad, y mecanismos para detectar errores o efectos no deseados cuando el sistema ya está en uso. También pide reforzar la formación de reguladores, gestores sanitarios y profesionales clínicos, porque muchas decisiones de compra y despliegue se toman sin capacidad suficiente para examinar cómo funciona realmente el software o qué límites tiene.
Si Europa no se mueve con rapidez, la consecuencia no sería solo una mayor desigualdad entre países.
También podría crecer la dependencia de determinados proveedores, encarecerse futuras correcciones regulatorias y complicarse el intercambio seguro de datos y herramientas entre sistemas de salud. El mensaje de fondo es político: la innovación sanitaria no puede sostenerse solo con pilotos y promesas de eficiencia. Por ahora no se sabe cuándo esta advertencia de la OMS Europa se traducirá en normas comunes a escala europea.