Aquella vez que Osamu Tezuka estaba en su cama de muerte… y pidió que le dejaran trabajar un poco más

Tras él dejó 700 títulos diferentes y unos 60 animes: un total de 150.000 páginas. Haciendo un cálculo rápido, son unas diez al día durante toda su vida. Y aún quería hacer más.

El 9 de febrero de 1989 el dios del manga nos dejó para siempre. Osamu Tezuka, que empezó a crear sus propias historias profesionalmente en 1945, no dejaría nunca de trabajar hasta el mismísimo momento de su muerte, cuando dejó inconclusa ‘Ludwig B’, la biografía ficcionada de Beethoven. Tras él dejó 700 títulos diferentes y unos 60 animes: un total de 150.000 páginas. Haciendo un cálculo rápido, son unas diez al día durante toda su vida. Y aún quería hacer más.

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Manga por hombro

No deja de ser curioso que Tezuka se inspirara en las películas de Disney para dar más expresividad a sus diseños, porque después fue la empresa estadounidense la que se “inspiró” (por no decir que copió descaradamente) uno de sus trabajos, ‘Kimba, el león blanco’. De Kimba a Simba se comieron la cabeza muy poquito.

Antes de Rumiko Takahashi, Eiichiro Oda, Clamp o Tite Kubo estuvo Tezuka, que siempre se negó a circunscribirse a un género: hizo shonen (manga para chicos), seinen (para lectores adultos) y shojo (su inolvidable ‘La princesa caballero’). Aunque disfrutaba creando, tenía tantos proyectos abiertos a la vez que solía escaparse de los editores para poder beber unas copas tranquilamente.

La vida de Tezuka estaba plagada de paradojas y coincidencias. Su vida adulta la empezó licenciándose como doctor, su labor como mangaka se cimentó gracias a una obra sobre medicina (la estupenda ‘Black Jack’) y, finalmente, sus últimas palabras se las dijo a una enfermera. Según se cuenta, cuando estaba en la cama, aquejado de un cáncer de estómago terminal, una profesional le quitó el equipo de dibujo.

“¡Se lo ruego, déjeme trabajar!” fue lo último que dijo el dios del manga a los 60 años, sabedor de que aún tenía muchas más historias que contar. Su legado continúa hasta nuestros días con obras como ‘Pluto’, que cuenta ‘Astroboy’ desde una perspectiva moderna. Pero, quizá, lo más curioso de su carrera post-mortem fuera el descubrimiento de su hija: en 1994, cinco años después de su muerte, abrió un cajón que llevaba cerrado desde entonces.

Dentro encontró una onza de chocolate a medio comer, un ensayo sobre Katsuhiro Otomo y su trabajo en ‘Akira’, bocetos variados… y un buen número de dibujos eróticos de animales antropomórficos. Francamente, incluso cuarenta años más hubieran sido pocos para Tezuka.