Puede que ahora tengamos muy claro lo que es una videoconsola: una máquina con (o sin) lector que conectar a la televisión y en la que jugar múltiples títulos con un solo mando, que puede venir con periféricos adicionales si es necesario. Parece de cajón, sí. Pero hace 50 años, en la prehistoria de los videojuegos, las empresas que se lanzaron a la aventura no tenían ni la más remota idea de qué es lo que quería el público. Eso sí: hay una consola en particular que tiró la casa por la ventana. Quizá, en retrospectiva, demasiado.
Los inicios jugones
Magnavox dio el pistoletazo de salida con su Odyssey en 1972, mostrando tres cuadrados en movimiento y una línea en pantalla, en blanco y negro. De hecho, cualquier cosa externa (como dinero, dados o tableros) se tenía que utilizar fuera de la pantalla, cuando el juego lo indicara. No había audio ni manera de marcar los resultados, pero la máquina en sí se parecía mucho a lo que tenemos hoy en día: un rectángulo de plástico gigante en el que se podían cambiar los juegos. Bueno, tampoco es que se bañaran en ellos: hubo un total de 11 tarjetas que incluyeron 28 juegos muy similares entre sí (como Hockey, Tennis o Baseball).
La Odyssey vendió menos de 70.000 unidades en Estados Unidos, pero fue suficiente para que otras cogieran el testigo. Atari lanzó una versión casera de su Pong, Epoch hizo lo propio con el llamativo TV Tennis Electrotennis, la primera consola exclusiva para Japón que se conectaba a la televisión sin cables, y Philips trató de dominar el mercado con su Tele-Game ES 2201, que permitía llevar el conteo… de manera manual, mediante unos deslizadores incluidos en el mando. Era otra época.

Y así nos plantamos en 1977, a un año de que Nintendo saque su primera consola (no, la Famicom no, la Color TV-Game 6, la primera intentona en color de la historia). Todo el mundo saca cajas rectangulares con clones del Pong y cero inventiva hasta que Coleco decide que va a ser quien dirija el estilo del futuro con su Coleco Telstar Arcade, un diseño en forma de triángulo que en cada lado tenía todo lo que necesitabas para jugar. Y cuando digo “todo”, es todo.
La consola, como un Dorito
Coleco había sacado ya ¡13! versiones distintas de su Coleco Telstar entre 1976 y 1977 (para que nos quejemos ahora de las versiones slim), cada una con su pequeña novedad. Por ejemplo, Colormatic mostraba cada juego en un color, Sportman añadía una pistola y Combat tenía dos joysticks para cada jugador a cada lado de la consola. Todas estas novedades culminaron en Arcade, la consola de Coleco definitiva (al menos, de estos dos primeros años), en el que cada lado te ofrecía una manera distinta de jugar.

En un lado tenías un volante y una palanca de marchas. En otro, una pistola que podía sacarse de su interior. En otro, dos diales que giraban. ¿Solo un mando? ¿Qué somos acaso, bárbaros? Para colmo de originalidad, los juegos tenían también forma triangular y se insertaban en la parte de arriba del aparato. Eso sí, tampoco es que Coleco se dejara los cuernos en crear cientos de experiencias jugables: en total, cuatro cartuchos, cada uno con tres o cuatro juegos. Y a tirar. Uno de carreras, otro de disparo y uno “normal”, con títulos tan atrayentes como Naval Battle, Shooting Gallery, Tennis (sí, el Pong otra vez) o Hockey.
Coleco Telstar Arcade era la respuesta del mercado a la pregunta “¿Cómo podemos hacer que este nuevo mercado tan divertido parezca aún más divertido?”, y hay que reconocer que al menos lo intentó. Dado que ahora no estamos jugando con consolas triangulares podemos deducir que quedó como una simple curiosidad para la historia, pero nadie puede decir que no tomaran riesgos. Eso sí, en Coleco sabían perfectamente lo que era arriesgarse.
Hay que tener en cuenta que, para cuando lanzaron esta serie de consolas, la empresa tenía más de 45 años, en los que, primero, se dedicaron a vender piezas de cuero antes de pasarse a los juguetitos de plástico, un negocio fulgurante que dejaron de lado para dar toda su atención a hacer… ¿¡Motonieves!? No es de extrañar, a estas alturas, que dejaran las motonieves de lado para hacer consolas. Total, qué más daba. Nadie sabe lo que vendió esta consola, pero dado que salió mientras la industria se preparaba para sacar la segunda generación -con Atari 2600 a la cabeza-, podemos presuponer que tuvo un éxito limitado.
De hecho, Coleco solo tuvo otro intento en el mundo de las consolas con la famosa Colecovision antes de ser engullida por Hasbro en 1989, que destruyó la marca. Tampoco es que nadie se pusiera a llorar por ello, vaya. Es un bonito ejemplo de cómo la creatividad más loca no siempre se traduce en éxito asegurado. Eso sí, consolas posteriores como Wii nunca habrían existido sin el diseño triangular más raro de la historia. Ya que no ganaron un duro, por lo menos tuvieron un legado. Algo es algo, ¿no?