Ninguna serie extranjera podía pasar el Telón de Acero… excepto los Muppets

No creo que sea el único fascinado con la televisión que no podemos ver. La de Corea del Norte, por ejemplo, que emite programas y series que jamás podremos ver fuera de sus fronteras o, en su día, la de la Unión Soviética, que, aunque exportaba algunos de sus productos, no importaba ninguno, dejando la programación con una producción propia de la que no ha sobrevivido demasiado en nuestros días. Mientras en el resto del mundo teníamos programas como Barrio Sésamo, I Love Lucy o MASH, en Rusia y los países afines sobrevivían con Las Sombras Desaparecen al Anochecer o Los Dos Capitanes. Que si no han pasado a la historia, bueno, es por algo.

¡Vamos a jugar, tovarisch!

En la Unión Soviética tenían, todo sea dicho una programación con un poco de todo: telediarios, programas para niños, películas, documentales, fútbol o hockey sobre hielo. Y, por supuesto, de la manera más blanquita y poco escandalosa que os podáis imaginar: estaban prohibidos los desnudos, la violencia, el lenguaje soez, las drogas y cualquier crítica al sistema. Vamos, que la creatividad estaba bajo cero en un modelo que, en los 80, empezaba a hacer aguas y clamaba por un aperturismo.

¿Y quién tenía la sartén por el mango del contenido televisivo en aquella década? Pues nos guste más o menos, los Estados Unidos. Y, por supuesto, aunque Mikhail Gorbachov empezaba un periodo aperturista, no iban a permitir que ningún programa de propaganda yanqui llegara a los televisores de los ciudadanos. Lo que llegaban eran programas de Reino Unido o América Latina, o incluso versiones de concursos para los que no pagaban derechos de autor.

Estamos hablando, sobre todo, de programas basados en literatura clásica como David Copperfield o Robin of Sherwood, normalmente con una voz por encima que narraba la historia en lugar de utilizar un doblaje clásico. Según dicen algunos, pudieron verse programas como Daktari, un show familiar de CBS sobre la protección de la naturaleza, o Lassie. Pero nada más… Hasta que Jim Henson tocó la puerta del Telón de Acero para dejar que pasaran unos personajillos hechos de felpa.

Este desembarco no habría sido posible sin Cristal Oscuro, que llegó al Festival de Cine de Moscú y, normalmente, el único lugar donde podían verse películas extranjeras. Rápidamente, en un país que tenía tradición de marionetas, todo el mundo quiso verla, los pases se agotaron rápidamente y las colas empezaron a dar la vuelta a la calle. En el festival, de hecho, tuvieron que poner más proyecciones para atender a la demanda y Henson, que solo quería (tal como dijo en su día) la paz mundial, lo tuvo muy claro: era el momento de desembarcar con los Muppets.

El 8 de enero de 1989, durante el programa infantil Budilnik, se emitió el primer episodio de Fraggle Rock, conocido allí como Скала Фрэгглов. En realidad, la serie había terminado en Estados Unidos dos años antes y la emisión era solo un experimento, pero, cuando se lo propusieron, Henson estuvo más que dispuesto a jugar. La audiencia fue increíble, sin precedentes, y el público quiso más y más… Y así es como se derribó la barrera. Se dobló la primera temporada (en el formato que comentaba antes, del “lector” de guiones) y se empezó a emitir en otoño, poco antes de la tristísima muerte de su autor. Y no fue poca cosa: Fraggle Rock se convirtió en la primera serie contemporánea que consiguió emitirse en la Unión Soviética.

Poco después de la llegada de los Fraggle, el Muro de Berlín cayó, y en la producción bromeaban sobre si quizá hubiera tenido algo que ver. Y en parte, es así: no por los Fraggle en particular, sino por la apertura de miras. Tras décadas de aislamiento, la gente quería más, y vaya que si lo consiguió, incluso en televisión: pronto se empezaron a emitir todo tipo de programas de todas partes del mundo, y los Fraggle, a día de hoy, están totalmente disponibles, doblados a la manera occidental, en su Apple TV+. Lo de “Vamos a jugar, tus problemas déjalos” nunca sonó tan real.