Pocas revistas aguantan más de 20 años en publicación. Ya no digamos 50 o el número más mítico: los 100 años. Hace falta hacer un trabajo excelente, tener un público muy leal y una capacidad muy pertinaz para evolucionar con los tiempos sin dejar de tener una personalidad muy definida. Algo que poquísimas revistas en el mundo pueden decir, a lo largo de la historia de la humanidad, y de las cuales se ha sumado este año una más: The New Yorker.
La revista fundada el 21 de febrero de 1925 por Harold Ross y Jane Grant, con la ayuda financiera de Raoul H. Fleischmann, se ganó una gran fama desde el comienzo de su publicación gracias a la solidez de su fact-checking, su periodismo de largo formato, su humor y los relatos que publicaban. Algo que atrajo la atención de numerosos periodistas y escritores de gran calado, nacional e internacional, que conformaron sus filas a lo largo de todo un siglo.
Con 47 números anuales, su combinación de comentario de cultura popular y su interés en profundizar en temas considerados culturalmente serios e importantes, en ambos casos con la misma profundidad e importancia, le han valido una cohorte de seguidores nacional e internacionalmente. Siendo una revista que tiene un seguimiento masivo tanto dentro como fuera de las fronteras de EEUU, siendo considerada una de las publicaciones más fiables y queridas del mundo. Hasta el punto de que, por su centésimo aniversario, le han dedicado un documental que ahora se estrena en Netflix.
Una publicación inmortal
El documental dirigido por Marshall Curry sigue de cerca no tanto la historia del New Yorker y lo que lo hace icónico, sino algo mucho más interesante: cómo se hace un número de la revista. Específicamente, quizás el número más importante de su historia. El número que celebrará su centésimo aniversario.
Siguiendo al editor David Remnick y a todo el equipo del New Yorker durante la realización de este número durante todo el otoño de 2024, podemos ver lo complejo que es realizar un número de esta icónica revista. Elegir los contenidos, asegurarse de que todo lo escrito sea correcto, elegir las imágenes correctas, asegurarse de que la maquetación es impecable y que todo esté a tiempo es solo la mitad de un trabajo arduo y absolutamente extenuante que no sólo se acaba en este único número, sino que deben hacer 47 veces al año.
Además, como no podría ser de otro modo, el documental no se limita solo a hablar de este número especial. También habla de su pasado y cómo ha llegado hasta donde está hoy. Entrevistando a las personas involucradas en la revista, mezclando imágenes de archivo con las imágenes de la producción de este número de aniversario, consigue ser un ejemplar homenaje a una revista que ha enamorado al público ya durante más de un siglo.
Porque eso es lo más fascinante de The New Yorker at 100. Toda la pasión que desprende y cómo dan ganas de salir corriendo a leer la revista. No hay aquí impostura o mera romantización del trabajo del periodismo, incluso si obviamente hay alabanzas y pasión hacia el mismo. Hay una mirada con interés y cariño, consciente de todo el trabajo que hay detrás, que quiere demostrar lo mucho que cuesta llevar adelante una publicación tan prestigiosa como es la de The New Yorker. Haciendo un homenaje sentido a su historia, a su presente y deseándole un futuro, aunque sólo sea a través de mostrarnos lo sólido de su presente.
Seas fan del New Yorker, del periodismo bien hecho o simplemente de los buenos documentales que saben tratar un tema y sacarle todo el juego, diseccionando una realidad hasta ahora desconocida para ti, no deberías perderte The New Yorker at 100. Porque es de esa clase de documentales que merece la pena ser vistos.