Las últimas olimpiadas fueron un ejemplo de superación y espíritu deportivo. Eso no cambia nunca. Pero también hubo un espectáculo que no será recordado precisamente por representar lo mejor del deporte y la humanidad. Ocurrió durante la exhibición de breakdance, que se decidió antes de los Juegos que no llegaría a ser deporte olímpico en futuras ediciones, cuando una de las participantes dio un espectáculo que conmocionó al mundo entero. Y no precisamente por su calidad.
Raygun hizo su debut en las olimpiadas y dejó a todo el mundo patidifusos con unos movimientos que no parecían breakdance. Ni nada mínimamente artístico o deportivo. Causando discusiones durante días sobre quién, cómo y por qué se había permitido su actuación en los JJOO, fue una de las grandes comidillas de aquellos Juegos. Y ahora Netflix estrena un documental alrededor de su figura, Untold Raygun: Breaking Badly, que es tan polémico como su propia figura protagonista.
Un poco de contexto
El documental pone mucho énfasis en contarnos de dónde sale Raygun, de nombre real Rachael Gunn. Descubriendo el mundo del breaking a través de Samuel Free, el que se convertiría en su coach y actualmente en su marido, dedicaría su tiempo a aprender esta combinación de arte y deporte a lo largo de los años compitiendo en su Australia natal. Para demostrarnos su dedicación, el documental utiliza dos figuras con quien ha competido durante diez años de su vida: Flix y Tinylocks.
Esto no resulta muy convincente cuando ninguna de las chicas parece querer en ningún momento reconocer los méritos de Gunn. Siempre esquivando confirmar cualquier clase de talento en ella, reconocer sus méritos y denominándola “extraña y única” en varios momentos, el documental, aunque insiste en arrojar en una luz positiva a Gunn, no lo consigue en ningún momento. Especialmente cuando ambas se muestran tremendamente sorprendidas cuando Gunn consiguió clasificarse para representar a Oceanía en los Juegos Olímpicos tras ganar el torneo clasificatorio.
A partir de aquí, el documental se centra en la consciencia de Gunn en que no está a la altura de las circunstancias. De que todas las demás participantes están muy lejos en cuanto a técnica y conocimientos de breakdance para participar en la competición. Algo que le produce una tremenda ansiedad.
Es aquí donde el documental se muestra más sincero e interesante. Cuando intenta mostrarnos a una mujer vulnerable y que, de verdad, no era consciente de lo que estaba haciendo descubriendo lo que está ocurriendo. Es ahí donde hay algo genuino e interesante en este documental y que arroja luz sobre algo que nos preguntábamos todos, ¿cómo es posible que pasara algo así en los Juegos Olímpicos? Por desgracia, no es eso lo que le interesa al documental.
Un catastrófico final
El final del documental pone frente a la cámara a su coach y marido para decir que “la actuación conectó con la gente, ya fuera a través de una emoción y entretenimiento genuinos o de la indignación. Generó debate e hizo que el mundo entero hablara de ello“, como si eso fuera lo más importante que tenemos que extraer de lo ocurrido con Gunn. Arruinando de hecho todo lo que hemos visto hasta el momento.
Si algo tiene de interesante el documental, al menos una parte de él, es que cancela esa perspectiva. Es que afirma que no todo vale. Que generar debate, hacer hablar a la gente sin una motivación para ello, sin buscar algo concreto que decir, no sirve para nada; el arte debe buscar generar una emoción o un pensamiento concreto es un acto inútil. No es nada más que los gestos huecos de un inútil o un idiota. Pero el final del documental demuestra que no lo han entendido. Ni los encargados del documental ni Free ni la propia Gunn: no todo vale.
Eso es lo más triste. Que a pesar de pasar por todo, sigue sin entenderlo. Que tras apropiarse de una plaza que podría haber ido para alguien más apto, que podría haber expresado algo genuino y sincero y que de verdad quisiera comunicar algo concreto y específico, sigue sin entender lo que hizo y por qué no está bien. Y ha hecho un documental para intentar vendernos porqué, en el fondo, está bien. Eso es lo más triste de todo. Que sigue sin entender su propia miseria, que ahora nos vende en Netflix.