¿Cuál es el primer videojuego de la historia? Muchos considerarán que es Pong, de 1972. Otros que una versión del Tres en Raya llamada OXO que se hizo en la Universidad de Cambridge en 1952, que no tenía gráficos en movimiento pero sí interacción con el jugador (el ordenador que lo movía, por cierto, ocupaba toda una habitación, y su mando era… un teléfono de disco de los de toda la vida). O quizá Tennis for two, una especie de juego de tenis lateral que fue entendida como simple divertimento y en ningún momento tuvo visión comercial. De hecho, después de 1959 se desmanteló para utilizar sus componentes en otros proyectos.
Todos son válidos de una manera u otra, pero se puede decir que el primer videojuego, tal y como lo conocemos, nació en 1962: una batalla espacial entre naves llamado SpaceWar! que supuso no solo el primer contacto de muchos con la programación, sino también… el primer juego creative commons de la historia, que a lo largo de varias universidades se retocó, se mejoró y se volvió a lanzar hasta tener decenas de versiones a lo largo de Estados Unidos.
Un gigantesco miniordenador
Hay dos lugares donde empieza esta historia. El primero, en las oficinas de Digital Equipment Corporation, una empresa que en 1959 apenas tenía dos años y había sido capaz de crear un miniordenador revolucionario, el PDP-1, que costaba 120.000 dólares (algo más de un millón actual, teniendo en cuenta la inflación) y pesaba exactamente lo que estáis pensando al escuchar la palabra “mini”: 730 kilos de nada. Pero claro, ¡en algún sitio tendría que alojar sus alucinantes 9.2 Kb de potencia!
Solo se hicieron 53 unidades de la PDP-1. Una de ellas, en 1961, acabó siendo donada al MIT (la universidad de Massachusetts conocida por todo el mundo como una de las más punteras del mundo), donde se convirtió en el juguete favorito de toda una comunidad de hackers. Sí, aunque ahora la palabra tiene tintes negativos, por aquel entonces se trataba de gente deseosa de tocar código, aprender a programar y utilizar los entonces novedosos ordenadores del mañana. Y si por el camino podían divertirse, mejor que mejor.

Es allí donde encontramos el segundo lugar que da inicio a la historia, el Tech Model Railroad Club. Sí, exacto: un club donde hacían modelos a escala de trenes y locomotoras. Y es que los miembros se dividían en dos: los que querían disfrutar del realismo de las maquetas y los que querían utilizar la informática para calcular que los trenes circularan correctamente por las vías. Poco a poco, estos fueron evolucionando hasta convertirse en los primeros programadores de ordenadores del mundo. Y no fue fácil.
¡Que empiece la guerra espacial!
Probablemente al hablarte del PDP-1 has pensado en un ordenador como el que tienes cerca de ti ahora mismo: una pantalla, un teclado, un ratón… Bueno, pues no exactamente. El primer prototipo de ratón se creó en 1964 y el primer teclado en 1973. Esas estructuras gigantescas se manejaban con todo tipo de clavijas y botones… y de ahí podían programar cosas que ahora nos parecen básicas, como procesadores de texto, pero que entonces eran increíblemente novedosas. ¡Incluso fueron capaces de reproducir fugas de Bach, canciones de Mozart, la Sinfonía No. 9 de Beethoven o incluso el Himno de la Alegría! Que sí, que ahora tenemos Spotify, el mp3 y el wav, pero imaginad hacer eso con menos de 10 kb de memoria y ninguna guía sobre cómo conseguirlo.

En esta situación de creatividad sin límite nos encontramos a un grupo de chavales, los Hingham Institute, que querían crear el primer “juguete de ordenador” o, como lo conocemos ahora, videojuego. De hecho, creían que eso era lo máximo a lo que un ordenador era capaz de aspirar. Fanáticos como eran de la space opera gracias a novelas como El planeta secreto o The Skylark of Space, de E. E. Smith, decidieron llevar a cabo sus sueños: dos naves en el espacio disparándose entre sí. Suena fácil, ¿no? Pues ahora piensa que eres el primero que lo hace en 1962, sin poder buscar en Google “cómo programar videojuego fácil” ni preguntarle a ChatGPT.
Steve Russell se convirtió en el líder del proyecto, un mítico estudiante que ni siquiera acabó sus estudios en Darmouth porque enseguida le ficharon como profesor. Y no tardó cinco años en programarlo, como los juegos actuales: en apenas dos meses había escrito las 2000 líneas de código necesarias para que funcionase. Nada mal teniendo en cuenta que solo podía usar el ordenador cuando nadie más lo hacía. O sea, de madrugada, cuando el resto de la universidad dormía.
Su prototipo no era el mejor del mundo, y él mismo era consciente. Una vez lo dio por terminado, llegó el momento de que el resto de estudiantes le metieran ritmo, dinamismo y lo que ahora conocemos como mods. El código estaba totalmente abierto para que cualquiera lo modificase e hiciese su propia versión: uno creó un modo multijugador, otro alteró la gravedad, otro más permitió que el jugador huyera… E incluso hubo quien dio con la clave definitiva: un sistema de puntuación para picar, intentar mejorar continuamente… Y hacer que la cola de personas esperando a probarlo en las demostraciones fuera más rápida. Vamos, una recreativa de toda la vida.
Os podéis imaginar la creatividad exacerbada de chavales de veinte años que acaban de descubrir su vocación (y, de paso, los videojuegos por primera vez). SpaceWar! se convirtió rápidamente en un éxito alrededor de las universidades, especialmente porque la PDP-1 se incorporó como programa en cada unidad vendida desde entonces. Por supuesto, nadie vio un duro, aunque habría sido un éxito. Poco a poco, los estudiantes fueron jugando, disfrutando, aprendiendo y formando el primer grupo de fans de los videojuegos del mundo. Tanto de jugarlos, como de hacerlos. Y entre ellos estaban algunas de las personas que crearían la industria solo unos años después. Y todo empezó con un ordenador que no tenía ni tan siquiera teclado. Bueno, miniordenador.