El cine de terror es uno que ha cambiado radicalmente con los años y los lugares. No es lo mismo el slasher que el terror gótico, el gore que el cine expresionista, el cine japonés que el alemán o el estadounidense. El miedo puede ser una emoción universal, pero la expresión del mismo tiene un tiempo y un lugar. Por eso el terror es un género tan fértil que, por mucho que disguste a algunas personas, nunca se agota ni deja de aportar nuevas formas de sorprendernos. A veces, fingiendo incluso su propia realidad.
Porque en 1999 llegó primero a los festivales y luego a los cines una película cuya leyenda se extendió como la pólvora. Parecía tan real que muchas personas se dedicaron a esparcir la idea de que, de hecho, lo era. Y hubo que aclarar que no: que era todo un artificio muy bien elaborado. ¿El nombre de esa película? El Proyecto de la Bruja de Blair.
Una película inspirada en los documentales de fenómenos paranormales
La producción de la película comienza en 1993 cuando dos estudiantes de cine de la Universidad Central de Florida, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, se dan cuenta de una cosa: los documentales de fenómenos paranormales les inspiran muchísimo más miedo que cualquier película de terror que hayan visto. De ese modo, junto con Gregg Hale, Robin Cowie y Michael Monello deciden comenzar Haxan Films, su propia productora, para hacer lo que será su primera película: una combinación de película de terror con la estética y la forma de un documental de fenómenos paranormales.
Con un guion de apenas de 35 páginas, Myrick y Sánchez ya tenían los cimientos para su película. Querían que todo el diálogo fuera improvisado para darle la mayor verosimilitud posible y, también con ese fin, querían que los actores no fueran profesionales, aunque sí que tuvieran buenas habilidades de improvisación. Para eso entrevistaron a alrededor de 2.000 actores bajo la premisa de que sería una película completamente improvisada en una localización boscosa. Algo que suena siniestro y que no es totalmente falso, visto el resultado final.
Para hacer la película la inspiración vino de muchos sitios. Además de los documentales de fenómenos paranormales, como The Legend of Boggy Creek y Recuerdos del futuro y regreso a las estrellas, películas tan populares como El Resplandor, Alien, La Maldición o Tiburón les sirvieron de inspiración. Pero también la serie documental En busca de…, sobre casos reales de desaparición.
Ahora bien, todo esto serviría de poco si la película se viera como cualquier otra película de terror. Y eso es lo que consiguieron evitar durante el rodaje. Para empezar, rodaron todo en una cámara Hi8 de baja calidad, lo cual le daba un aspecto de ser una grabación doméstica más que una grabación profesional. Los actores improvisaron la totalidad de los diálogos. La gente del pueblo a la que entrevistan durante el metraje no son actores, sino personas que genuinamente no saben de qué les están hablando. Y el operario de cámara no había grabado nunca nada antes, teniendo que aprender a utilizar la cámara en un curso rápido de dos días.
Si quieres que parezca real, haz que sea real
Si a eso sumamos que si los actores parecen perdidos es porque lo están, ya que se les daban instrucciones de a donde dirigirse en cada momento a través de mensajes ocultos en bobinas de cintas de película de 35mm, y si parecen hambrientos y con sueño es porque, bueno, el director no les dejaba dormir ni comer lo suficiente, ahí está la verosimilitud de la película. Algo que junto al hecho de conseguir dientes humanos reales de un dentista para una escena emblemática y que los actores usaran sus nombres reales llevaron a todo lo que ocurrió después.
Aunque rodaron sobre 20 horas de metraje, lo que quedó al final fueron 81 minutos de película. Una duración estándar para un documental, tanto en lo rodado como en lo montado. Y presentaron la versión final en Sundace. Myrick y Sánchez esperaban conseguir un contrato de emisión para televisión y nada más, pero no esperaban lo que ocurrió después.
La película arrasó en Cannes y consiguieron distribución en cines a nivel mundial. Eso llevó a que comenzaran una campaña muy agresiva de marketing afirmando que todo lo que ocurría en la película era cierto. La página web de la película, los trailers e incluso Myrick y Sánchez afirmaban que todo era real. Llegaron a sacar posters de los actores protagonistas como si hubieran desaparecido, para aumentar el realismo.
Y funcionó. Durante meses, hubo un aura de película maldita y que, realmente, la película estaba basada en hechos reales. Esto hizo que la película se estrenara en 27 cines en EEUU, lo cual le granjeó 1.5 millones de dólares, doblando su presupuesto, y que se expandiera a un estreno nacional con 1.101 cines sumándose a la fiesta. Poco después llegaría a todo el mundo y la película lograría amasar la escandalosa cifra de 248.6 millones de dólares, solo en taquilla y sin contar los derechos de televisión y el formato doméstico, para una película que costó entre 200.000 y 750.000 dólares.
¿Y la crítica? A la crítica le encantó. Los críticos la recibieron como un soplo de aire fresco en el género del terror, considerándolo tremendamente imaginativa y efectiva. El público, por su parte, estuvo dividido: quienes les gusto, la amaron, a quienes no, la odiaron. Dejando poco sitio para quienes no les inspiró gran cosa.
Incluso si otra cosa no, pero inspirar, ha inspirado a mucha gente. La cantidad de películas inspiradas en el found footage, nombre del género que ha creado El proyecto de la bruja de Blair, no ha parado de crecer con los años. Películas como Cloverfield, REC, Paranormal Activity, Project X o Trollhunter no han parado de asaltar la taquilla. Y la propia El proyecto de la bruja de Blair ha tenido adaptaciones a la novela, el cómic y el videojuego, aunque todas ellas con un resultado desigual.
Ahora El proyecto de la bruja de Blair desembarca en Netflix con plena consciencia de que sí, es todo ficción, pero no perdiendo nada de su efectividad. Ahora bien, recuerda: es una película muy divisiva. Puedes amarla, puedes odiarla, pero es difícil que te deje indiferente. Aunque bien pensado, ¿no es eso una razón excelente para ver una película?