Antes del móvil y el streaming, todo el mundo quería una televisión portátil. Poco imaginábamos lo horrorosas que eran

Nos hemos acostumbrado totalmente a ver series en nuestro trayecto en el metro o en el transporte público que nos toque: es tan fácil como sacar el móvil, ponerlo enfrente de nosotros, abrir la app que nos toque y disfrutar. Sin embargo, hace no tantos años no era tan fácil, y solo unos pocos podían permitirse un aparato tan grotesco como absolutamente monstruoso: la televisión portátil. Solo para un público muy selecto, que no quería escuchar la radio ni su walkman, y para el que perderse un solo minuto de lo que pasaba en su telenovela favorita era poco menos que un pecado. Si las recuerdas, es posible que las hayas idealizado. Si no, prepárate a sorprenderte con uno de los aparatos menos útiles y más olvidados de la historia de la tecnología.

Yo, la novela, me la llevo a todas partes

La historia de las televisiones portátiles empieza en 1963, cuando la revista Mechianix Illustrated dejó ver el futuro de la televisión y la informática en general, como grabadores de cintas en miniatura, ordenadores del tamaño de un libro o televisiones enanas, en las que, se supone, estaba trabajando RCA. Sin embargo, muchos creen que era mentira, porque, apenas tras unos pocos prototipos, la industria no empezó hasta 1971.

Allí fue cuando Panasonic crea la innovadora pero con nombre imposible IC TV MODEL TR-001. Por supuesto, funcionaba con una batería recargable y permitía ver los programas en su increíble pantalla de tres centímetros y medio (a lo diagonal). No se veía nada, claro, así que con la compra del mamotreto también te regalaban una lupa. Además, tenía un altavoz enano justo debajo de la pantalla. Es digna de ver: se trata de un aparato rectangular enorme que tenía una pequeñísima pantalla y cuyo único punto de venta en los anuncios era “Es pequeña y puedes llevarla a cualquier sitio”. No importaba si era buena o no, claro.

Incluso llegó a haber anuncios referenciando la llegada a la Luna el año anterior, con el eslogan “Ahora puedes ver a los rusos llegando aunque estés a 402000 kilómetros de la Tierra”. La Guerra Fría, en su máximo esplendor. Salieron más modelos que evolucionaron el concepto de “televisión portátil”, pero los años 80 es donde tuvo un boom: Sony, que venía del éxito del Walkman, intentó imitarlo con el “Watchman”, una especie de radios portátiles con pantalla que duraron desde 1982 hasta 2002: con el paso al digital, ya no pudo recibir más señales vía satélite (a no ser que utilizaras un adaptador), y acabó perdiendo todo el interés.

Con el tiempo, la pantalla en blanco y negro de cinco centímetros acabó volviéndose de color en 1988 (más tarde que sus competidores), y llegó a tener un un modelo de tamaño “Mega”. O sea, una televisión con un asa que te podías llevar a cualquier sitio y que hizo estragos en los campings y las garitas de los 90. Puede que nunca compitiera con otros aparatos de la época, pero sí que era reconocible. Tanto, que incluso acabó saliendo en la película Rain Man, que llegó a ganar el Óscar a mejor película. Casi nada.

Al final, las televisiones portátiles de cierta calidad y con pantalla LCD acabaron costando 100 euros, pero pronto incluso los más fanáticos dejaron de necesitarlas tras la salida del iPhone, que permitía tener todo un universo, ahora sí, en el bolsillo de tu pantalón. Puedes seguir comprando, eso sí, pero la mayoría es mero vintage que no te va a aportar nada… A no ser que estés tan harto de Netflix y del resto de servicios de streaming que hayas decidido ir hacia atrás. Siguiente paso: abrir un videoclub. Nunca se sabe.