Minecraft es un clásico de los videojuegos, y varias generaciones han vivido horas y horas pegados al ordenador creando edificios, buscando materiales y protegiéndose de los zombis nocturnos. Bueno, al menos supongo que de eso trata el juego: por muy clásico que sea, cuando se lanzó yo ya tenía 27 años y estaba a otras cosas. No tengo ni la más remota idea del objetivo del juego, ni sé nada de él más allá de los elementos más icónicos (el pico, los cubos, los zombis, etcétera), pero precisamente por eso tenía que hacer un experimento: ¿Era posible disfrutar de Una película de Minecraft sin haber tocado Minecraft en mi vida?
Hay que minar y craftear
Debo reconocer que mi motivo principal para ver Una película de Minecraft no era el videojuego, ni Jack Black o Jason Momoa, sino su director, Jared Hess, que hizo, hace veinte años, la extraña, fascinante y subcultural Napoléon Dinamita. Y es imposible no tener curiosidad por entender el motivo por el que, en lugar de contratar a alguien que se asemejase a un folio en blanco y acepte todo lo que diga el estudio, decidieron hacer lo propio con un autor con voz propia capaz de salirse de lo establecido. En cuanto empezó la cinta lo vi claro: Hess es la bisagra que lo une todo, la manera de hacer funcionar una película imposible entre las demandas del estudio de videojuegos, las de Warner y las expectativas de los fans.
Nadie estaba pidiendo que se hiciera una buena película, porque ya iba a amasar millones solo con el nombre. Podría haber hecho algo como Five Nights At Freddy’s, un simple calco sin nada especial, pero, en su lugar, Hess ha decidido ir más allá, creando un mundo comprensible no solo para los seguidores, sino también para todos los que (como probablemente él mismo) estamos totalmente fuera de Minecraft. Y lo ha hecho de una manera tremendamente inteligente: nombrando piezas del lore para la felicidad de los que van a buscar exactamente eso, y que los demás podamos, aunque no nos quedemos con los nombres, entender para qué sirven o tomárnoslo como un guiño que no es para nosotros en una fiesta en la que no estamos invitados.
En cierta manera, Una película de Minecraft parece el tutorial de un juego que jamás probaré. Sé cómo crear armas y edificios, la conexión entre los diferentes mundos, la noche que llega cada poco tiempo y está llena de peligros, cómo enfrentarse a los enemigos y, sobre todo, que el límite está en tu imaginación. No es ninguna obra maestra ni pretende serlo, pero como anuncio largo funciona mucho mejor que la mayoría de películas basadas en productos que se han hecho de un tiempo a esta parte: no es transgresora como Barbie ni se aleja demasiado del original como Until Dawn, pero al mismo tiempo no deja de ser una película para todos, sin necesidad de haber jugado a un juego que lleva 14 años montando su propia historia. No es fácil.
¿¡Qué es un chicken jockey!?
Acercarse a un producto de Minecraft sin haber jugado jamás al juego se siente a veces como ver Vengadores: Endgame sin saber ni qué es Marvel. Tienes que jugar con el absurdo de un mundo donde pones materiales en una mesa y se crean armas, en el que “Chicken jockey” es algo muy celebrable (he investigado al respecto, y sigo sin entender el fanatismo que causaron esas palabras) y en el que los personajes preguntan, casi sin parar, qué significa cada cosa que ven, cada concepto, cada enemigo, casi como si esperaran un “Pulsa A para correr”. Tienes que saber a lo que te enfrentas, y no puedes juzgarla como Ciudadano Kane o Lo que el viento se llevó, sino con la severidad que juzgarías un anuncio de televisión.
Sorprendentemente, Una película de Minecraft, en gran medida, no está dirigida a los niños que han crecido con el juego, sino a los adultos que, como el personaje de Jason Momoa, se han quedado atrás y tienen que re-aprender desde cero. Y, al final, el mensaje que queda es el de la diversión de crear, no una sucesión de tareas que cumplir para contentar al fandom (aunque, por supuesto, algo de eso hay). Una película de Minecraft no es brillante, pero sí modélica. A mis 41 años, como espero que se entienda, no me ha dado ganas de probarlo, pero si quedaba algún niño (o padre) en el planeta con dudas, se van todas de un plumazo: ¿Zombies, picos, lobos, cubos y chicken jockeys? Por supuesto que sí a todo.