Durante la View Conference de Turín, Cristóbal Valenzuela, co-CEO de Runway, dijo que los actores generados por ordenador podrían reemplazar a los intérpretes humanos “absolutamente” y que eso “ya está ocurriendo, de alguna manera”. La frase ha vuelto a encender una discusión que el cine no termina de resolver: hasta dónde puede llegar la IA generativa antes de chocar con límites laborales, artísticos y éticos.
Valenzuela lo planteó en una charla titulada Every Pixel Will Be Generated. Y con eso devolvió al centro una de las preguntas más incómodas de la industria: cuánto terreno pueden ganar estas herramientas antes de entrar de lleno en conflicto con el trabajo creativo, los derechos de los intérpretes y ciertas líneas éticas que, al menos por ahora, siguen sin estar del todo claras.
En su intervención, Cristóbal Valenzuela presentó estas plataformas como un medio creativo nuevo, no solo como una forma de abaratar costes o acelerar procesos.
Eso ya se está viendo en la práctica. Estudios, productoras y creadores independientes usan estas herramientas en preproducción, en efectos visuales, en materiales de marketing e incluso para crear personajes sintéticos. El negocio, por supuesto, acompaña ese avance: varias previsiones del sector calculan que las tecnologías generativas aplicadas al cine podrían superar los 1.000 millones en 2030, a medida que se integren en más fases de la producción.
Pero el entusiasmo no llega solo.
También convive con la tensión que dejaron las huelgas de guionistas y actores en Hollywood.
Los acuerdos cerrados después de esas huelgas marcaron algunos primeros límites. Entre ellos, el consentimiento informado y la compensación cuando la imagen o la voz de un intérprete se utilizan para entrenar sistemas o para crear réplicas digitales.
SAG-AFTRA ha repetido que los personajes sintéticos no deben sustituir a los actores reales y que la interpretación tiene que seguir siendo una actividad centrada en personas. Una de las críticas que más se repite va por ahí: un personaje generado puede copiar una apariencia, pero no la experiencia vital, la intuición ni la profundidad emocional de un intérprete.
El caso de “Tilly Norwood”, un supuesto “actor” generado por ordenador que, según varias informaciones, estaría buscando representación profesional, ha echado más leña al fuego.
La respuesta de SAG-AFTRA fue directa: “Tilly Norwood” no es un actor, sino un personaje digital construido a partir del trabajo de intérpretes humanos sin su consentimiento. De ahí sale buena parte del miedo actual: que la frontera entre herramienta y sustitución se vuelva cada vez más borrosa si las productoras encuentran maneras de recortar costes con figuras virtuales.
Aun con todo, el impacto no se lee solo en clave negativa.
Hay cineastas independientes que ya están sacando partido de estas herramientas para conseguir efectos complejos con mucho menos presupuesto. Al mismo tiempo, los grandes estudios prueban otros usos, como rejuvenecer actores o crear dobles digitales.
Y la adopción no se limita a Hollywood. Bollywood acelera su uso en efectos y guiones gráficos; China empuja un ecosistema propio de cine y minidramas generados; Nollywood discute cómo incorporarlas sin perder autenticidad cultural; y la Unión Europea sigue avanzando con marcos como la Ley de Inteligencia Artificial. Más allá del dinero, siguen abiertas preguntas de fondo: desplazamiento de empleo, deepfakes, uso no autorizado de rostros y voces, y el efecto que todo esto puede tener sobre otros oficios del rodaje. Todavía no está claro qué parte de esas dudas resolverán las nuevas reglas y cuál seguirá ahí, sin una respuesta cerrada.