Los agentes de software ya han pasado a ocupar un lugar prioritario en la operativa de muchas empresas de cara a 2026. El ritmo al que se están adoptando, eso sí, también está poniendo sobre la mesa dudas serias sobre el control interno. Las previsiones del sector apuntan a que cerca del 40 % de las aplicaciones corporativas incorporarán agentes especializados de aquí a 2026, cuando el año anterior la cifra ni siquiera llegaba al 5 %.
El problema es que esa carrera por adoptarlos está dejando bastante expuesto un vacío de gobernanza. Cuando un agente de software se conecta de forma directa con bases de datos, interfaces de programación de aplicaciones (API) y flujos internos, puede saltarse aprobaciones , controles de segregación de funciones y otras barreras que hoy sirven para justificar decisiones delicadas dentro de una organización.
Sobre el papel, dar acceso directo al backend a un agente suena a eficiencia pura. En la práctica, complica mucho más el control. Si una acción crítica ocurre fuera de los canales habituales, luego puede ser realmente difícil reconstruir qué pasó, quién dio luz verde y por qué se hizo. En un sistema de planificación de recursos empresariales (ERP), por ejemplo, un agente podría cambiar la cuenta bancaria de un proveedor y acelerar un pago sin pasar por la aprobación que tocaba.
Y no se trata solo de un posible error o de fraude. También pesa la falta de evidencias completas para defender esa decisión ante auditorías internas, reguladores o socios comerciales. A eso se suma otro dato incómodo: distintos estudios sitúan en el 47 % el porcentaje de organizaciones que ya ha sufrido algún incidente de seguridad vinculado con agentes de software.
Frente a ese modelo, va ganando terreno el enfoque del “empleado digital”. Aquí el agente inicia sesión con credenciales estándar, usa la interfaz que ya existe y sigue los flujos normales del sistema, con lo que queda sujeto a los mismos permisos, validaciones, aprobaciones y registros de auditoría que cualquier empleado. Dicho de otro modo, no se abre una vía paralela para operar sobre sistemas críticos; se aprovechan los controles que la empresa ya tiene en marcha.
Este planteamiento resulta especialmente convincente en entornos heredados. En sistemas antiguos y de misión crítica, crear nuevas API, exponer datos del backend o reescribir reglas de negocio puede salir caro y meter riesgos donde no los había. Trabajar desde la interfaz suele ser más lento que llamar directamente al backend, claro, pero también resulta bastante menos disruptivo y mucho más fácil de implantar.
Además está la descentralización. Algunos estudios del sector indican que alrededor del 43 % de las organizaciones dice que más de la mitad de su plantilla usa agentes de software con regularidad y, en esos mismos informes, otro 43 % afirma trabajar ya con cuatro o más plataformas distintas. Ese escenario recorta la visibilidad centralizada y eleva riesgos como la exfiltración de datos o el compromiso de credenciales.
Por eso cada vez más expertos plantean que los agentes de software deberían tratarse como empleados digitales, con identidades gestionadas, políticas de seguridad equivalentes a las de cualquier trabajador y supervisión humana en las tareas más sensibles. La carrera por automatizar procesos sigue acelerándose a medida que estos agentes entran en áreas como finanzas, compras o atención al cliente. Lo que todavía no está claro es cómo van a resolver las empresas, cuando llegue el momento de escalarlo de verdad, ese equilibrio entre automatización y control.