OpenAI ha dejado ver hoy una hoja de ruta de hardware para ChatGPT bastante más ambiciosa que la de un solo aparato. Greg Brockman, presidente de la compañía, confirmó que están trabajando en una “familia de dispositivos” que debería llegar “pronto”, aunque no quiso poner fechas, ni hablar de precios, ni entrar en especificaciones.
Eso refuerza una idea que lleva tiempo flotando: OpenAI quiere sacar ChatGPT del navegador y del esquema clásico del móvil para empujarlo hacia una categoría propia de hardware de consumo.
Y todo esto aparece en un momento en que la conversación ya no pasa solo por el software. Ahora también entran en juego el diseño industrial, la privacidad y una batalla legal que sigue abierta.
Brockman no dio detalles sobre los productos, pero lo que dijo encaja bastante con filtraciones recientes que apuntan a varios formatos.
Entre ellos se menciona, según esas filtraciones, un altavoz portátil sin pantalla y también un teléfono volcado en ChatGPT, capaz de ejecutar tareas y responder de una forma más directa que la de un smartphone al uso.
La clave está en otra parte: OpenAI no estaría preparando un accesorio suelto, sino un conjunto completo de dispositivos. Por eso el uso del plural no parece casual y encaja con un discurso que apunta a cambiar la relación cotidiana con los ordenadores, no solo a sumar otra pantalla a un mercado ya saturado.
Brockman también dejó bastante clara su visión de la interfaz.
Según explicó, hablar con los ordenadores podría reemplazar buena parte de lo que hoy hacemos escribiendo, mientras que el teclado y el ratón podrían acabar viéndose como una fase transitoria en la historia de la informática.
La idea lleva años circulando, sí, pero pesa más cuando viene respaldada por hardware propio. Si OpenAI acierta, ChatGPT podría dejar de ser simplemente una app y pasar a convertirse en la puerta de entrada principal para consultar información, gestionar tareas o controlar otros dispositivos.
La apuesta, además, no suena improvisada. Ahí están la relación de OpenAI con Jony Ive, antiguo jefe de diseño de Apple, y la compra de io Products, dos señales de que no estamos ante una prueba menor ni ante un proyecto lanzado para tantear el terreno.
Pero en paralelo está el frente judicial. Apple ha presentado una demanda por presunto robo de secretos comerciales en un caso ligado a antiguos empleados de la propia Apple que ahora trabajan con OpenAI.
Brockman evitó comentar a fondo un litigio en curso, dijo que OpenAI no tiene “ningún interés en los secretos comerciales de otras compañías” y sostuvo que el objetivo de la empresa es innovar por sus propios medios.
Más allá del diseño, OpenAI también va a tener que convencer al público de algo muy concreto: que un dispositivo siempre atento puede resultar fiable.
Brockman afirmó que la empresa está invirtiendo en garantías verificables y auditables para que solo el propio sistema pueda revisar datos privados.
A eso se suman otros frentes. Distintos informes apuntan a que OpenAI trabaja en chips propios y en un campus de centros de datos valorado en hasta 500.000 millones, con apoyo financiero de Nvidia, mientras lidia con costes de computación muy altos, presión regulatoria en Europa y nuevas dudas sobre seguridad y moderación.
Todavía no se sabe cuándo llegarán estos dispositivos al mercado.