Sobre el papel parece realmente fácil: ‘Digimon’ es un plagio de ‘Pokémon’. Burdo, además. La serie protagonizada por Ash Ketchum empezó a emitirse el 1 de abril de 1997 y la del Mundo Digital no llegaría hasta el 7 de marzo de 1999, dos años después. Pero las cosas, al menos en Japón, no suelen ser tan fáciles. Preparaos para digievolucionar en este viaje a finales de los años 90, porque vienen curvas. Bueno, digicurvas.
Ahora todo está fuera de control
El 23 de noviembre de 1996 Bandai lanzaba en Japón el que estaba llamado a ser el juguete clave de toda una generación: el Tamagotchi. Si en vuestra clase nadie se echó a llorar porque el bicho se había muerto en mitad de clase de matemáticas, no viviste a finales de los 90. El juguete se vendió a paladas casi inmediatamente, sobre todo a público femenino, y desde la empresa vieron todo un filón: ¿Y si sacaran otra mascota virtual, pero esta vez para los niños?
El 26 de junio de 1997, la famosa empresa de juguetes volvía a tratar de revolucionar el mercado nipón con la contrapartida masculina al Tamagotchi: los Digital Monsters, o, abreviando, Digimon. No se diferenciaba tanto del invento del año anterior, salvo porque en este caso los monstruos luchaban entre sí. Y claro, había que poner nuevas mecánicas, como hacerle perder peso entrenando para que ganara fuerza o curarle antes de poder empezar otra batalla. Todo muy macho, por lo visto.

Digimon vendió 14 millones de unidades y claro, había que preparar una serie de animación para que acompañara a las ventas. Quiso la casualidad que el mismo año del Tamagotchi un pequeño estudio llamado Game Freak lanzara para Game Boy un pequeño juego de atrapar criaturas llamado Pokémon… Y comenzó una falsa rivalidad que, en los corazones de varias generaciones, ganó Nintendo.
Por cierto, si tenéis curiosidad, en Japón aún podéis comprar mascotas virtuales Digimon (el último, Pendulum Z, salió en noviembre de 2020)… y Tamagotchi, que ha tenido mas de un resurgimiento. Aunque, por supuesto, donde haya un Pikachu, que se quite la nostalgia millennial, ¿no?
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