Las películas de supervivencia han mantenido cautiva a la audiencia desde los días del cine mudo, ofreciendo una fascinante mirada a la lucha humana en condiciones extremas. Sin embargo, este género a menudo corre el riesgo de volverse repetitivo al seguir el mismo arco narrativo: el héroe vence y sobrevive. The Great Flood, el nuevo thriller coreano de Netflix, propone un giro innovador que no solo renueva el interés por el género, sino que también incorpora elementos de ciencia ficción en su narrativa climática.
Una catástrofe con grandes emociones
La trama sigue a Gu An-na, interpretada por Kim Da-mi, quien se encuentra atrapada en su apartamento de tres pisos mientras una inundación cataclísmica asola su hogar. La historia, que comienza como un típico relato de supervivencia, rápidamente se transforma al revelarse que su hijo, Ja-in, no es en realidad su hijo biológico, sino un experimento de inteligencia artificial diseñado para replicar las emociones humanas. A medida que An-na intenta salvar a Ja-in y alcanzar la azotea para buscar refugio, se ve envuelta en un intrigante ciclo temporal que la obliga a revivir el mismo día una y otra vez.
La narración de The Great Flood se enriquece con el uso de CGI, creando entornos desolados y sumergidos en un polvo digital dorado. A medida que An-na atraviesa esta experiencia cíclica, tiene oportunidad de explorar sus recuerdos y aprender sobre su propia investigación, que podría ser clave para la supervivencia de la humanidad. Con comparaciones a títulos como Edge of Tomorrow, Don’t Look Up y The Poseidon Adventure, esta película no solo es un thriller y una alegoría climática, sino una exploración de los lazos familiares y la identidad en un contexto de desolación. The Great Flood podría convertirse en la película más sorprendente de 2025, atrayendo a espectadores en busca de algo más que el clásico relato de supervivencia.
Siempre se cuentan las historias de triunfo. Es un hecho: aunque la mayoría de nosotros fracasamos por el camino, la gente no quiere escuchar cómo lo hicimos. Quiere escuchar los momentos de éxito, de empezar de la nada en un garaje y acabar montando una gigantesca empresa tecnológica, cosas por el estilo. Por eso, la historia de Walt Disney suele empezar a contarse desde la creación, en 1928, de Mickey Mouse. Pero antes del ratón más famoso de la historia no solo estuvo Oswald, el conejo afortunado (de 1927), sino una serie de cortometrajes que llevaron a la ruina a Disney. No os preocupéis: por si no habéis visto la cartelera de los cines últimamente, la cosa tiene final feliz.
Oh, oh, Alicia, en el país de la malicia
En 1919, un Walt Disney que acababa de cumplir la mayoría de edad empezó a dibujar ilustraciones de todo tipo, y con su amigo Ub Iwerks (que muchos dicen, incluyendo Los Simpson, que fue el autor real de Mickey) llegó a abrir su propia agencia de artistas. Con el tiempo, ya en 1921, un Disney asentado en Kansas llegó a lanzar anuncios propios, donde se leía “Walt Disney, dibujante. Tiras cómicas, anuncios, películas animadas”. Funcionó lo suficiente como para conseguir hacer su primer corto de animación para el cine Newman, para el que creó los llamados Newman’s Laugh-O-Grams, fábulas modernizadas que tuvieron un éxito moderado.
El suficiente -o eso creía- para crear un nuevo estudio de animación, el Laugh-O-Grams Studio. El problema es que, cuando contrató nuevos animadores, cayó en la cuenta de que, efectivamente, no había dinero suficiente para pagar a todo el mundo. “No hay problema”, pensó Disney, “haremos otros cortos para otros cines y solucionado”. Así es como comenzó la producción de Alice’s Wonderland. No, la película que le hizo famoso no: un cortometraje que mezclaba animación y acción real y que acabó durando 12 minutos y medio. Para cuando se estrenó, Laugh-O-Grams Studio ya se había declarado insolvente y los esfuerzos habían caído en saco roto.
Imagina la situación: 1923, apenas 21 años, y ya había hecho fracasar al menos dos empresas. Ese era el panorama de Walt Disney, que, con su corto de Alicia bajo el brazo, se mudó a Hollywood esperando tener un poquito más de suerte. El corto, por cierto, nunca llegó a proyectarse en cines, pero es un mito de la industria: en él, una joven Alicia interpretada por Virginia Davis, visita un estudio de animación, ve varias escenas que se convierten en realidad y todos -animadores y dibujos- acaban bailando con ella. Hoy por hoy puede que este corto en blanco y negro no fuera a fascinar a nadie, pero en el momento fue todo un bombazo entre los distribuidores que pudieron verlo en pases privados.
O eso es lo que a Disney le hubiera gustado: lo cierto es que en la época pasó sin pena ni gloria, y nadie quiso comprar su Alice’s Wonderland para distribuirlo… hasta que se enteró de Margaret J. Winkler, distribuidora neoyorquina, iba a perder los derechos de la serie de dibujos de Félix el gato y necesitaba un sustituto: inmediatamente firmó un contrato para hacer seis más Alice Comedies y ya, por fin, Disney y su hermano Roy pudieron formar el Disney Brothers Studio, que se convirtió, poco después, en Walt Disney Studio. En total, el magnate hizo 57 cortometrajes entre octubre de 1923 y agosto de 1927 (la mayoría perdidos), cambió varias veces a la Alicia protagonista y, hacia el final, la fórmula se repitió tanto que el propio Disney estaba harto de su creación.
El resto es historia: aunque Walt Disney Studios volvió a enfrentarse a la bancarrota en varias ocasiones, nunca antes volvió a estar con el agua al cuello como en 1923, sin un dólar en el bolsillo, con un corto bajo el brazo y nadie interesado en lo que tuviera que ofrecer. Y es que la historia de gloria siempre es más edificante, pero la de fracaso infinitamente más interesante.