Antes de crear a Mickey Mouse, Disney dirigió un cortometraje que le hundió en la bancarrota. Ahora se ha vuelto mítico

Siempre se cuentan las historias de triunfo. Es un hecho: aunque la mayoría de nosotros fracasamos por el camino, la gente no quiere escuchar cómo lo hicimos. Quiere escuchar los momentos de éxito, de empezar de la nada en un garaje y acabar montando una gigantesca empresa tecnológica, cosas por el estilo. Por eso, la historia de Walt Disney suele empezar a contarse desde la creación, en 1928, de Mickey Mouse. Pero antes del ratón más famoso de la historia no solo estuvo Oswald, el conejo afortunado (de 1927), sino una serie de cortometrajes que llevaron a la ruina a Disney. No os preocupéis: por si no habéis visto la cartelera de los cines últimamente, la cosa tiene final feliz.

Oh, oh, Alicia, en el país de la malicia

En 1919, un Walt Disney que acababa de cumplir la mayoría de edad empezó a dibujar ilustraciones de todo tipo, y con su amigo Ub Iwerks (que muchos dicen, incluyendo Los Simpson, que fue el autor real de Mickey) llegó a abrir su propia agencia de artistas. Con el tiempo, ya en 1921, un Disney asentado en Kansas llegó a lanzar anuncios propios, donde se leía “Walt Disney, dibujante. Tiras cómicas, anuncios, películas animadas”. Funcionó lo suficiente como para conseguir hacer su primer corto de animación para el cine Newman, para el que creó los llamados Newman’s Laugh-O-Grams, fábulas modernizadas que tuvieron un éxito moderado.

El suficiente -o eso creía- para crear un nuevo estudio de animación, el Laugh-O-Grams Studio. El problema es que, cuando contrató nuevos animadores, cayó en la cuenta de que, efectivamente, no había dinero suficiente para pagar a todo el mundo. “No hay problema”, pensó Disney, “haremos otros cortos para otros cines y solucionado”. Así es como comenzó la producción de Alice’s Wonderland. No, la película que le hizo famoso no: un cortometraje que mezclaba animación y acción real y que acabó durando 12 minutos y medio. Para cuando se estrenó, Laugh-O-Grams Studio ya se había declarado insolvente y los esfuerzos habían caído en saco roto.

Imagina la situación: 1923, apenas 21 años, y ya había hecho fracasar al menos dos empresas. Ese era el panorama de Walt Disney, que, con su corto de Alicia bajo el brazo, se mudó a Hollywood esperando tener un poquito más de suerte. El corto, por cierto, nunca llegó a proyectarse en cines, pero es un mito de la industria: en él, una joven Alicia interpretada por Virginia Davis, visita un estudio de animación, ve varias escenas que se convierten en realidad y todos -animadores y dibujos- acaban bailando con ella. Hoy por hoy puede que este corto en blanco y negro no fuera a fascinar a nadie, pero en el momento fue todo un bombazo entre los distribuidores que pudieron verlo en pases privados.

O eso es lo que a Disney le hubiera gustado: lo cierto es que en la época pasó sin pena ni gloria, y nadie quiso comprar su Alice’s Wonderland para distribuirlo… hasta que se enteró de Margaret J. Winkler, distribuidora neoyorquina, iba a perder los derechos de la serie de dibujos de Félix el gato y necesitaba un sustituto: inmediatamente firmó un contrato para hacer seis más Alice Comedies y ya, por fin, Disney y su hermano Roy pudieron formar el Disney Brothers Studio, que se convirtió, poco después, en Walt Disney Studio. En total, el magnate hizo 57 cortometrajes entre octubre de 1923 y agosto de 1927 (la mayoría perdidos), cambió varias veces a la Alicia protagonista y, hacia el final, la fórmula se repitió tanto que el propio Disney estaba harto de su creación.

El resto es historia: aunque Walt Disney Studios volvió a enfrentarse a la bancarrota en varias ocasiones, nunca antes volvió a estar con el agua al cuello como en 1923, sin un dólar en el bolsillo, con un corto bajo el brazo y nadie interesado en lo que tuviera que ofrecer. Y es que la historia de gloria siempre es más edificante, pero la de fracaso infinitamente más interesante.

Mickey Mouse fue prohibido en Rumanía por el motivo más absurdo posible: su altura

Es, probablemente, el personaje de dibujos animados más reconocible de la historia desde su debut en 1928, y ha acompañado a Walt Disney a lo largo de casi un siglo de vida. Mickey Mouse ha protagonizado cientos de cortos, series, películas, cómics, videojuegos y parodias. Incluso en 1942, de manera totalmente ilegal, Hors Rosenthal, un preso del campo de concentración de Gurs dibujó un pequeño tebeo contando, con el ratón como protagonista y prisionero de los nazis, la vida alrededor del mismo. Rosenthal no sobrevivió al exterminio, pero el cómic sí, y fue publicado finalmente en 2014 como manera de no olvidar la historia. Porque Mickey es mucho más que un simple ratón de dibujos animados: también, no lo olvidemos, es un icono.

¡Oh, no, un ratón gigante!

Uno puede pensar que Mickey Mouse jamás habrá sufrido censura de ningún tipo, ¿no? Al fin y al cabo es solo un animal animado que conoce todo el mundo, algo pícaro pero con buen corazón. Solo el Pato Donald puede enfadarse con él. ¿O no? Lo cierto es que a lo largo de la historia ha dado para todo. Por ejemplo, el régimen nazi le aborrecía, sobre todo después de un cortometraje donde se enfrentaba con gatos que llevaban cascos alemanes.

Es más: un periódico llegó a hablar de él como “el ideal más miserable que jamás ha existido. ¡Una rata sucia y cubierta de suciedad, el mayor portador de bacterias de todo el reino animal, no puede ser el tipo ideal de animal. ¡Abajo con Mickey Mouse! ¡Llevad la esvástica en su lugar!”. De hecho, no fueron los únicos que durante la II Guerra Mundial acabaron de morros con Mickey y con Disney: en Italia, donde era tremendamente popular con el nombre de Topolino, se prohibió al entrar en guerra con Estados Unidos. ¿La solución? Bueno, la que se les ocurrió.

En 1942 nació Tuffolino. O sea, Topolino pero con forma humana. El personaje, de hecho, nació en el remake de un cómic de Mickey Mouse titulado Tuffolino, agente de publicidad, donde quedaba claro que incluso sus amigas, Mimma y Clara, no eran más que versiones humanizadas de Minnie y Clarabella. Es más: Tuffolino llevaba la misma ropa que Mickey y del mismo color. Un pequeño gran desastre del que solo se llegaron a publicar tres historias antes del retorno triunfal del ratón: Tuffolino en vacaciones, Tuffolino y el arqueólogo y Tuffolino y el pimiento explosivo. Por suerte, nunca se volvió a saber de él.

Lejos de Italia, en Rumanía, Mickey se enfrentó con otra prohibición mucho más grotesca, mucho peor, mucho más divertida. Corría el año 1935 y el gobierno del país decidió proteger a los niños de cualquier representación del ratón: no por sus enseñanzas malignas o sus golpetazos constantes, sino por miedo a que su apariencia, que consideraban fea y poco atractiva, les causara pesadillas por las noches. Al fin y al cabo, antes los cortos del ratón se proyectaban en un cine, ¿y quién no tendría miedo de un ratón al mismo tiempo enano pero de diez metros de altura?

Por supuesto, no preguntaron en absoluto a los niños. Y lo cierto es que no volvió enseguida tras unos ridículos días de prohibición: tuvieron que pasar varios años hasta que, varios regímenes después, la democracia llegara al país en 1989 y, con ella, Mickey Mouse. De manera oficial, al menos: los niños ya le conocían de sobra gracias al mercado negro. Efectivamente, ninguno de ellos estaba asustado y Mickey Mouse acabó convirtiéndose, una vez más, en un icono. Si no me crees, intenta ir un día a Disney World y no comprarte nada que tenga dos orejas gigantes. ¿A que no puedes?

Disneyland ha hecho un homenaje a Walt Disney que no te vas a poder creer

La reciente presentación del animatrónico de Walt Disney en Disneyland California ha desatado un torrente de descontento tanto entre los fans como en la familia del icónico fundador de la compañía. Dicha figura, titulada ‘Walt Disney – A Magical Life’, tiene la intención de representar una narrativa biográfica de la historia de Disney a través de su creador. Sin embargo, muchos han criticado que su diseño no logra un parecido fiel con el verdadero Walt Disney.

Cualquier parecido es pura coincidencia

Las impresiones vertidas en redes sociales han sido mayoritariamente negativas. En un video del canal Capture the Magic, que ha acumulado más de 5.000 ‘me gusta’ en un solo día, se argumenta que al comparar la figura animatrónica con imágenes de Walt Disney, se concluye que no se asemeja a él. Algunos fans han elaborado críticas irónicas, preguntando por qué la expresión facial del animatrónico es tan diferente a la de su famoso creador, cuestionando: ¿cómo es posible que un animatrónico de Abraham Lincoln luzca más como él que uno de 2025 destinado a representar a Walt Disney?

Este proyecto, considerado por Disney como su creación más compleja hasta la fecha, ha sido elaborado a partir de años de archivos audiovisuales del fundador, incluso replicando su parpadeo y movimientos. No obstante, la decepción radica principalmente en la apariencia de su rostro, que presenta facciones más redondeadas y, en ciertos momentos, parece completamente distinto al hombre real. La crítica se intensifica en un contexto donde muchos consideran esta decisión como un movimiento frívolo y deshumanizante.

A medida que esta situación se desarrolla, no está claro si Disney abordará públicamente el descontento generado. La controversia suscita tanto interés como desilusión entre los aficionados, quienes esperaban una recepción positiva para un proyecto que simboliza un hito en la historia de la compañía.

Meryl Streep le dedica a Walt Disney unas palabras no muy agradables

Walt Disney, fallecido en diciembre de 1966, dejó un legado que se ha convertido en un tema de debate intenso, donde la magia y la creatividad de su imperio cultural chocan con sus controvertidas posturas ideológicas. Reconocido como pionero de la animación y creador de clásicos que han definido el entretenimiento familiar, Disney ha sido objeto de análisis crítico en los últimos años, especialmente en lo que respecta a su papel durante la caza de brujas promovida por el senador Joseph McCarthy.

¿Separar persona de obra?

Una investigación de The New York Times reveló documentos que evidencian la relación estrecha entre Disney y J. Edgar Hoover, director del FBI. Entre los años 1940 y 1966, Disney no solo delató a colegas sospechosos de simpatizar con el comunismo, sino que también acordó con Hoover líneas narrativas en sus producciones que reforzaban valores conservadores, distorsionando la narrativa de sus filmes.

La actriz Meryl Streep ha sido una de las voces más prominentes que han cuestionado la figura de Disney. Durante la ceremonia de los premios National Board of Review en enero de 2014, Streep lo calificó como racista, antisemita y misógino. Aludió a testimonios de miembros del equipo de animadores, como Ward Kimball, quien expresó que Disney no confiaba ni en las mujeres ni en los gatos. Streep también leyó una carta donde Disney afirmaba que las mujeres no realizaban ningún tipo de trabajo creativo, un claro indicio del sexismo estructural presente en su estudio.

Este cruce entre la admiración por su contribución cultural y la crítica a sus posturas ideológicas genera un diálogo relevante sobre cómo percibimos la historia a través de las acciones de sus figuras más influyentes, mostrando que el legado de Disney es tan fascinante como problemático.