Se puede rastrear el inicio de la fascinación por el true crime mainstream hasta Serial, el podcast de 2014 que trataba de dar luz sobre el asesinato de una estudiante de instituto a las supuestas manos de un ex-novio que fue condenado sin las pruebas suficientes. A partir de aquí, todo explotó gracias a que Netflix supo, mejor que ninguna otra, surfear la ola. El año siguiente lanzó Making a murderer, al que siguieron hitos como Tiger King, A los gatos ni tocarlos o La chica de la foto. Pero claro: los géneros, a medida que evolucionan, se van, de alguna manera, devaluando.
Cutrue crime
No es que nos hayamos quedado sin historias truculentas que contar, pero es cierto que el true crime ya no engancha tanto como antes porque, como espectadores, nos las sabemos todas. Tanto, que incluso en una serie cerrada como Adolescencia llegó a haber personas enfadadas porque no había giros ni tan siquiera un juicio en condiciones. Y, después de que todas los streaming empezaran a copiarse entre sí, llegó la hora de dar una vuelta al crimen televisado.
Por ejemplo, Amazon Prime Video revolucionó el formato con el fabuloso programa español Cómo cazar a un monstruo, que se rodó en primera persona y cuyos eventos, lejos de haber finalizado al comenzar el primer episodio, estaban sucediendo en ese mismo instante. Fue un soplo de aire fresco que demostró algo muy claro: los crímenes poco específicos no nos interesaban ya. Ahora, si queremos llamar la atención, hay que irse a cosas muy únicas. En HBO hicieron, por ejemplo, un documental sobre un estafador que utilizaba el Monopoly del McDonald’s, y en la propia Netflix hicieron lo propio con un desastre en ciernes: el festival de Woodstock de 1999.
Era un documental barato de hacer (básicamente formado por testimonios de gente acompañados de material de archivo), y fue tal éxito inesperado que rápidamente en el streaming pidieron más true crimes cortos, directos… y, por qué no decirlo, un poco cutres. Así nació una colección de películas que este verano están aprovechando al máximo, lanzando una cada semana: Fiasco total. Y dejad que os diga que hace tiempo que no me lo pasaba tan bien viendo un documental de este género.
¿¡El crucero de la caca!?
A lo largo del verano, Netflix ha ido (e irá) lanzando pequeñas píldoras de entre 45 minutos y algo más de una hora con desastres locales tan bochornosos que merecen su espacio. Por ejemplo, el caso de aquel alcalde de Toronto al que pillaron fumando crack en vídeo (¡dos veces!), el festival de música en el que murieron varias personas mientras el cantante seguía haciendo “Yeaahhh” con autotune o el crucero donde los lavabos dejaron de funcionar… Y el resto ya os lo podéis imaginar.
Duran lo que tienen que durar, sin profundizar en el tema, lo justo para que te vayas con el dato, pero son perfectos para el periodo estival: directo, al pie, suficiente para poder contarlo después con los amigos o para pasar el rato un sábado por la noche disfrutando de las vergüenzas ajenas. Por el medio tenemos denuncias de la secta que era American Apparel, la gente que invadió el Area 51 corriendo como Naruto o un dirigible que salió volando con un niño de 6 años dentro. ¿True crime? Sí. ¿Cutre? Por supuesto. Coge tu refresco y tu helado, porque puedes permitirte, una hora a la semana en verano, gozar con este tipo de productos.
Eso no significa que en Netflix no vayan a lanzar más true crimes clásicos (hay todo un público cuyas suscripciones dependen exclusivamente de ver investigaciones y asesinatos), pero personalmente agradezco que hayan abierto una puerta a esas historias de la historia que normalmente apenas llenarían un pie de página pero aquí se han ganado un ratito catódico. Y si lo quieren extender durante todo el año, por favor, adelante. Somos todo oídos.