El cine entre los 50 y los 70 fue una factoría de sueños, pero sobretodo de copias descaradas, plagios sin nombre y cosas que hoy nos harían llevarnos las manos a la cabeza. El motivo fue la industrialización de otros países que no fueran EEUU, con su eterna y luminosa Hollywood, pero también el decaimiento de la una vez omnipotente meca del cine: aunque parece que Hollywood nunca ha dejado de ser relevante, en realidad, desde los 50s ya no es lo que era. Y por eso la copia, más o menos descarada, de lo que procedía de allí o de cualquier otra parte, se volvió la norma. ¿Quién iba a quejarse?
Más aún si a quien copias es a un estudio japonés. O eso debió pensar el realizador italiano Luigi Cozilli, quien en 1977 estrenó su propia versión de Godzilla, conocida como Codzzilla. Una versión modificada y coloreada de Godzilla, King of the Monster, la versión americana de la Godzilla original de 1954. Pero muchas cosas salieron mal, llevando a la leyenda que es hoy esta película.
Un director como ya no los hacen
Luigi Cozzi es un director, guionista y escritor italiano conocido por cómo sus películas se vuelven progresivamente más extrañas según avanza la trama. Aún hoy en activo, su primera película fue Il tunnel sotto il mondo, una exquisitez de bajo presupuesto adaptando la novela del mismo nombre de Frederik Pohl y estrenada en 1969 con solo 21 años, siendo su última película hasta el momento la lisérgica Little Wizards of Oz, una relectura de El Mago de Oz ambientada en Roma estrenada el pasado 2018. Siendo su película más conocida Hercules, un auténtico delirio estrenado por la Cannon en 1983, donde combatiría al Rey Minos, que intenta apoderarse del mundo gracias al poder más terrible de todos: la ciencia. Una película que fue un modesto éxito, gracias al papel protagonista del fisioculturista reconvertido en actor Lou Ferrigno, que tendría una secuela aún más demente dos años después.
Antes de la fantasía que fue Hercules y su secuela, Le avventure dell’incredibile Ercole, Cozzi hizo algunos proyectos que llamaron la atención del público o los productos. O que acabarían llamando la atención, años después, por las interesantes decisiones que fueron tomadas a la hora de abordar las mismas. Porque al estreno del remake de King Kong en 1976 de John Guillermin, Cozzi tuvo una idea: podía hacer un remake de una película de monstruos gigantes y aprovechar el éxito de King Kong. Y se puso manos a la obra.
Su primera idea fue resucitar Gorgo, la película de 1961 de Eugène Lourié. El problema es que los derechos para adquirir la película eran demasiado altos, algo que hizo que Cozzi perdiera interés en la misma. Su segunda mejor opción era un monstruo hoy, y probablemente entonces también, mucho más conocido: Godzilla. Negociando con la Toho solo puedo adquirir los negativos en blanco y negro de la versión americana de 1956, aunque él quería la versión original japonesa. El problema es que los distribuidores no querían pasar una película en blanco y negro. Y ahí empezaron los dolores de cabeza.
Un monstruo japonés en Italia
Cozzi se encontró que negociar con japoneses, y con la Toho no es la excepción, nunca es fácil. Para colorear los negativos tuvo que negociar nuevas clausulas, pero también tuvo que conseguir la aprobación final del estudio para el uso de música y stock footage nuevo. Como las películas en aquel momento debían contar con al menos 90 minutos, debía añadir nuevo metraje, y como rodar algo nuevo le costaría más dinero del que quería invertir, tuvo una menos que brillante idea: añadir imágenes de guerras y masacres reales. Una ocurrencia muy común unos años antes, especialmente en las películas Mondo de gente como Gualtiero Jacopetti, Paolo Cavara y Franco Prosperi, pero que no dejaba de ser de un tremendo mal gusto y ya muy polémico para la época.
De ese modo llegó a los 90 minutos de metraje, pero de un modo más que cuestionable. Coloreándolo a su manera, añadiendo imágenes de civiles y soldados muertos que nada tienen que ver con la película en lugares que poco tienen que ver, y con una banda sonora de Vince Tempera que añade un peculiar sonido de sintetizador al conjunto, el resultado fue una película de 106 minutos realizada en menos de tres meses, echo a toda prisa, que resultó en un notable fracaso de taquilla.
Ciertamente eran otros tiempos
A pesar de que la Toho tiene hoy los derechos sobre la versión coloreada de Godzilla, no se han lanzado en ningún momento a recuperarla o reconocerla de ninguna manera. Siempre que hacen cualquier clase de retrospectiva sobre el personaje y su filmografía, convenientemente, ignoran la versión italiana de 1977, haciendo como si Cozzilla nunca hubiera existido. Ya sea por la escasa calidad de la misma, porque no aporta nada sustancial con respecto de las dos cintas originales, o por el gusto cuestionable de usar imágenes reales de violencia extrema para crear efectos cinematográficos en la película.
En cualquier caso, Cozilla existe y no es difícil de encontrar para quien siente curiosidad por verla. Es una curiosidad de otro tiempo, hoy imposible, o al menos imposible de forma legal: la Toho no cedería el metraje de sus películas para algo así tan alegremente bajo ninguna circunstancia. Y eso hace interesante a Cozilla. Nos enseña lo que era el cine en otra época, cuando aún todo era posible con empeño y el suficiente interés en hacerlo posible. Algo que también tiene su encanto.