No hay noticia que haya impactado más en el mundo de la tecnología esta semana. OpenAI ha confirmado que Sora va a dejar de tener soporte en los próximos meses. Además, ChatGPT va a dejar de poder crear contenido en vídeo. Aunque han asegurado que se podrá guardar todo el contenido creado con la misma antes de su cierre, parece que la decisión es final: en OpenAI no están satisfechos con los resultados.
Las razones parecen evidentes. Disney ha roto el contrato que parecía seguro para usar la tecnología de OpenAI para la generación de vídeo con IA por un valor de mil millones de dólares, haciendo que la única fuente de ingresos hasta el momento de esta tecnología desaparezca de la noche a la mañana. Llevándoles a decidir acabar con esta feature de su tecnología. ¿Pero esto significa el principio del fin de la burbuja de la IA? ¿O es solo un problema que mucha gente lleva señalando ya años y es que todas estas empresas no tienen un plan de negocios para esta tecnología?
El elefante en la habitación: una tecnología en busca de un problema
Sora fue lanzada el 9 de diciembre de 2024 bajo una promesa básica: poder crear tus propios vídeos, en cualquier estilo inimaginable, desde la comodidad de tu casa. Rápido, barato y eficiente, no necesitabas estudiar ni coordinar a un equipo para crear tus propios vídeos. Solo necesitabas los prompts adecuados y manipularlos para crear exactamente lo que quisieras cuando quisieras. Dentro de ciertas limitaciones evidentes. Los vídeos podían ser de máximo un minuto y, por lo general, tendían a alucinar demasiado como para resultar coherentes o sostenibles en el tiempo.
A todo esto cabía sumar otro problema evidente: la mayoría de usuarios querían utilizar Sora para crear contenido protegido o bien por derechos de autor o bien por derechos de imagen. Esto segundo tenía difícil solución y tarde o temprano iba a ser legislado, ya que es ilegal usar la imagen de otras personas sin su permiso, pero con lo primero en OpenAI creían haber encontrado la solución: un trato con Disney de mil millones de dólares. Que, como ya hemos señalado, finalmente no se ha materializado.
El problema de Sora es que es una tecnología que ofrecía soluciones para un problema que no existe. Los únicos usos de la tecnología eran o bien inmorales y potencialmente ilegales —usar la imagen de otras personas sin permiso está mal, usarla para impersonarlos y hacerles decir cosas que no han dicho, crear porno o difundir mensajes de odio, ya es ilegal en muchas partes del mundo—, o bien son legalmente grises —no puedes utilizar personajes para quienes no tienes los derechos y a quien demandarían por permitirlo es a la plataforma—, o bien carecían de sentido —si tienes los derechos de imagen o copyright, ¿qué te impide filmar a ti mismo esos vídeos?
Sora era una curiosidad interesante, pero no ofrecía una solución a un problema real. Podía hacer más barato la producción de vídeos, pero incluso así, existía un problema que ya hemos señalado: tenía limitaciones temporales, alucinaba muchísimo los resultados y era incapaz de mantener la consistencia entre escenas. Algo que hacía esencialmente imposible crear un vídeo más largo que un anuncio o un vídeo breve de una calidad muy por debajo de cualquier estándar de calidad profesional.
¿Dónde está el negocio de la IA?
El problema de Sora es que no tiene un plan de negocio. No tiene una razón de existir. El motivo para que alguien pague por el servicio es inexistente. Y es algo que se ha demostrado en que solo haya habido una empresa interesada e incluso esa empresa se haya caído de las negociaciones.
¿Por qué? Porque no soluciona nada. La tecnología que se implementa en la sociedad y llega a tener una prevalencia es la que soluciona alguna clase de problema. Lo supiéramos o no. A veces el problema es tan sencillo como que las cosas se podían hacer de forma más barata y rápida, pero eso también es una solución a un problema: los costes de producción. Pero Sora no aporta ninguna clase de solución porque, si bien ofrecía la creación de vídeos baratos y rápidos, era siempre en un espacio legalmente gris difícilmente monetizable.
Eso nos hace preguntarnos, ¿este es el futuro del resto de tecnologías de la IA? Y si bien es tentador decir que sí, es mejor ser prudentes. Aunque cada vez es más evidente que la IA es una burbuja, tampoco es prudente afirmar que no existe ningún uso real de la misma. Lo que si es cierto es que sus usos son mucho más limitados, específicos y concretos de lo que se intentan vender. Las LLM han demostrado ser tremendamente útiles para la química, la predicción metereológica y la detección de cánceres, demostrando donde están sus virtudes: en el contraste de grandes volúmenes de información y el descubrimiento de patrones ocultos. Del mismo modo, su calidad especialmente notable dentro de las IA a la hora de programar ha hecho que se convierta en la principal herramienta actual para el vibe coding entre profesionales y amateur.
Dentro del consumo general, los únicos que parecen tener un negocio en marcha eficiente son Anthropic, y Claude, aunque se vende como una IA general, está cada vez más enfocada a usos específicos derivados de la eficiencia en el ámbito laboral. Permitiendo enviar respuestas automáticas, hacer sumarios de reuniones, textos y vídeos, y otros usos derivados del trabajo burocrático de oficina, muchas empresas lo están adoptando a pesar de una suscripción premium relativamente elevada con respecto de sus rivales. Y lo hacen porque su uso se siente útil, al agilizar ciertos procesos, incluso si es cuestionable que lo sea por los problemas de alucinaciones, sesgos y las limitaciones propias de estos sistemas.
Si algo nos demuestra la muerte de Sora es que la IA es una burbuja a punto de estallar y que, si bien no se va a llevar por delante a toda la IA, a todas las LLM, hará que solo sobrevivan las que de verdad ofrezcan algo de interés más allá de la moda pasajera. Una tecnología para crear vídeos de la nada quizás sea interesante, pero no se puede monetizar y sobre todo, no aporta nada a la sociedad en su conjunto. Y mientras OpenAI siga obsesionada con crear algo que sea espectacular y llegue al público, sea monetizable o no, se acercarán más a la extinción que a un negocio que perdure en el tiempo.