Vaya por delante que aprecio mucho lo que está intentando hacer James Gunn con el Universo DC, y sería una pena verlo morir antes siquiera de ver cómo da sus frutos. Pero es que el fracaso de Supergirl estaba cantando: no por un tema de sexismo ni nada parecido (por dios, vivimos en 2026, esto debería estar superado), sino porque el público lo notó como algo terriblemente derivativo. Es como si después de Guardianes de la Galaxia, Marvel hubiera estrenado Defensores de la Galaxia, vaya. En un tiempo donde se necesita algo original para seguir adelante, DC no puede confiar en lo mismo de siempre.
Super-terror
La idea inicial de Gunn, desde luego, es de lo más interesante: ahora que el cine de superhéroes está más que consolidado y en pleno declive, es el momento de tantear el resto de géneros con un giro superheroico. Clayface nunca podría triunfar si fuera la inspiradora historia de un hombre convertido en barro que lucha contra el villano de turno, pero… ¿Como película de terror barata que se saltase todas las reglas? Bueno, ¿y por qué no?
Es más: para llevarla a cabo, DC no ha confiado en unos cualquiera, sino en nombres como Mike Flanagan y James Watkins, que ya dirigió Speak No Evil o Eden Lake. Y a sus 53 años, ha recibido uno de los menores presupuestos que se recuerdan para una película de superhéroes de los últimos 20 años para hacer lo que mejor sabe hacer: una película en los márgenes que vaya más allá de tipos en medias pegando a los malosos.
Los superhéroes no pueden vivir de las rentas por siempre. Ahora necesitan un espaldarazo que convierta sus películas en westerns, comedias, romance, terror o thrillers policiacos (como está intentando hacer el propio Gunn con Linternas, ante el odio de los fans). Evolucionar o morir, vaya. Tú eliges en el bando que estás, pero yo lo tengo muy claro: dame mil Clayface antes que otra Supergirl.