The Walking Dead por fin le ha puesto una explicación oficial a una de las rarezas más discutidas de toda la saga: por qué los walkers, los zombis de la franquicia, en la primera temporada parecían bastante más listos que en el resto de la serie. La respuesta, según ha ido armando la propia franquicia, se sostiene en declaraciones de sus responsables y en la aparición posterior de walkers “variantes” y de distintas cepas del virus.
Lo que durante años se tomó como un agujero de guion cada vez más difícil de ignorar ahora tiene una justificación dentro y fuera de la ficción, aunque para parte del público siga sonando más a arreglo a posteriori que a un plan pensado desde el principio.
En los primeros episodios, esos walkers hacían cosas que luego casi desaparecieron por completo. Algunos usaban piedras u otros objetos para golpear. Otros intentaban abrir puertas girando pomos. Incluso daba la impresión de que conservaban restos de memoria o ciertos hábitos humanos.
Más adelante, las reglas parecían otras: zombis lentos, torpes y movidos casi solo por el instinto. Por eso la diferencia acabó viéndose como un cambio directo en las normas del propio universo que la serie había fijado al principio.
Robert Kirkman, creador del cómic The Walking Dead, explicó hace tiempo que aquellos walkers más espabilados respondían, sobre todo, a la visión del primer showrunner de la serie, Frank Darabont. Cuando Darabont salió del proyecto, la serie pasó a una lectura mucho más simple del zombi: menos inteligente, más uniforme y más fácil de mantener como amenaza constante.
Años después, la temporada final de The Walking Dead retomó esa idea con los walkers “variantes”, capaces de trepar, abrir accesos y moverse de una forma más avanzada que los habituales. Angela Kang, showrunner en la etapa final de The Walking Dead, dejó claro que no era un giro metido porque sí, sino una referencia deliberada a lo que ya se había visto en la temporada 1.
Sobre el papel, la jugada sirve para cerrar esa vieja herida. Luego está cómo la recibió la gente.
Y ahí la reacción ha sido bastante desigual.
The Walking Dead: Daryl Dixon fue un paso más allá y sugirió ya dentro de la propia ficción que existen distintas cepas del virus, y que en lugares como Francia aparecen zombis más rápidos, más agresivos o más evolucionados. Eso ayuda a encajar mejor por qué no todos los walkers se comportan igual según el territorio y, de paso, convierte una contradicción antigua en un rasgo más del universo.
La inteligencia de los walkers, aun así, no es el único frente que los fans llevan años señalando. Otro de los grandes misterios es cómo los supervivientes siguen encontrando combustible, vehículos en funcionamiento, generadores e incluso grandes cantidades de munición tantos años después del colapso, sobre todo si la gasolina convencional suele degradarse en torno a un año.
Las series más recientes de la franquicia también han intentado poner parches ahí. The Walking Dead: Dead City introduce metano obtenido de cuerpos en descomposición como fuente de energía, mientras que la serie principal ya había insinuado la producción de etanol. A eso se suma otra inconsistencia menos comentada: la descomposición de los walkers. Algunos aparecen casi reducidos a huesos, mientras otros, supuestamente del mismo periodo del apocalipsis, siguen estando relativamente enteros.
Queda por ver si los próximos spin-offs terminan de aclarar del todo estas grietas viejas de la franquicia.