Sony lanzó el DAT (Digital Audio Tape) en 1987 con una idea bastante clara: convertirlo en el relevo digital del casete analógico. La apuesta era llevar calidad de CD a una cinta minúscula, totalmente digital y portátil, pensada para el gran público. Luego la historia fue por otro lado, porque durante los años 90 el formato acabó encontrando su sitio real en las copias de seguridad empresariales.
Ese supuesto cambio en la forma de escuchar música no llegó a cuajar como se esperaba. Había dos problemas de base. Por un lado, los primeros equipos DAT eran demasiado caros para el usuario medio. Por otro, la industria musical miraba el formato con mucha desconfianza, porque permitía algo que en ese momento daba miedo de verdad: hacer copias digitales perfectas. Y todo eso pasaba justo cuando el CD terminaba de asentarse como estándar.
De esa presión salió SCMS, el Serial Copy Management System, un sistema de restricción que limitaba la copia digital en los dispositivos DAT de consumo. Para entonces, el formato ya había perdido buena parte de su atractivo comercial, casi antes de despegar.
En el audio profesional, eso sí, sí encontró terreno. Durante los años 90 se usó mucho en estudios de grabación, en mastering y en trabajo de campo. La mezcla de sonido digital y portabilidad lo volvió una herramienta muy práctica para ingenieros y técnicos de audio.
Pero el mayor acierto del DAT no estuvo en la música. Estuvo en la informática. La tecnología se reaprovechó como DDS, siglas de Digital Data Storage, y ahí pasó a ser un soporte de copia de seguridad muy extendido en empresas y departamentos de TI.
En esa primera etapa, los cartuchos DDS podían guardar hasta 2 GB sin comprimir, una cifra nada menor para aquellos años.
Y además estaba el formato físico: pequeño, portátil, fácil de mover. Eso encajaba con una rutina que marcó a toda una generación de administradores de sistemas: lanzar las copias nocturnas, sacar la cinta por la mañana y guardarla fuera de la oficina por si había un desastre. Ahí estaba una de sus grandes ventajas, porque ese uso sin conexión permitía archivar, rotar y enviar cintas a otra ubicación con relativa facilidad, justo cuando los servidores empezaban a concentrar información cada vez más valiosa.
La familia DDS fue creciendo a lo largo de la década para no quedarse atrás frente a las necesidades de almacenamiento. A finales de los 90, DDS-4 ya llegaba a 20 GB de capacidad, una evolución muy seria para un soporte tan compacto.
Con el cambio de siglo, el volumen de datos empresariales terminó dejando pequeño al DAT/DDS. El sector empezó a moverse hacia sistemas de cinta más rápidos y con más capacidad, como DLT (Digital Linear Tape) y, algo después, LTO (Linear Tape-Open). Sony retiró sus últimos modelos de máquinas DAT en 2005.
Hoy el formato está obsoleto, sí, pero su legado sigue ahí. La lógica que lo volvió indispensable en los 90, basada en almacenamiento extraíble, portátil y desconectado de la red, ha recuperado valor en plena era del ransomware. Las copias modernas en cinta siguen teniendo sentido como respaldo aislado de la red, tanto para archivo como para recuperación ante desastres.
El DAT no cambió la forma de escuchar música en casa. Lo que sí hizo, de una manera mucho menos visible, fue ayudar a proteger una parte clave de la infraestructura digital de toda una época.