La Administración Trump ha metido hoy un recorte serio al futuro programa satelital GeoXO de la NOAA, la agencia de Estados Unidos encargada de observar los océanos y la atmósfera. Esa constelación iba a servir para poner al día la vigilancia meteorológica y atmosférica sobre América del Norte. Ahora sale adelante en una versión más pequeña y con menos instrumentos de los previstos.
La explicación oficial apunta a lo de siempre: bajar costes y concentrarse en la “meteorología básica”. En la práctica, el rediseño pasa de seis satélites a cuatro y deja fuera varios instrumentos avanzados. Con eso también se pierden capacidades que iban bastante más allá de decir si mañana llueve o no.
Entre los equipos que se caen del plan hay uno especialmente llamativo: Atmospheric Composition, o ACX.
Ese sensor estaba pensado, tal y como figuraba en la propuesta de GeoXO, para dar mediciones casi en tiempo real y con bastante detalle geográfico de contaminantes como el ozono, el dióxido de nitrógeno y las partículas finas presentes en el humo de los incendios. La idea de GeoXO era ofrecer desde órbita geoestacionaria una vigilancia más constante que la de los sistemas actuales. Eso habría hecho posible seguir con mucha más precisión cómo se desplaza el aire contaminado, qué comunidades quedan expuestas y en qué momento conviene lanzar alertas antes. Sobre todo en episodios de humo que cambian de dirección en cuestión de horas.
Para los especialistas en calidad del aire, perder ACX no es solo un contratiempo técnico. También es un asunto de salud pública.
Con datos más rápidos y más finos, dicen esos expertos, millones de personas habrían podido reducir su exposición al humo. Ahí entran familias con niños, personas mayores, trabajadores al aire libre y pacientes con asma o con enfermedades cardiovasculares.
Una estimación que citaban quienes defendían el programa situaba los beneficios sanitarios anuales en torno a los 13.000 millones. La lógica era bastante directa: avisos mejores permiten cerrar escuelas antes, recortar actividades al aire libre y afinar mucho más las recomendaciones locales. Y el efecto no se queda dentro de Estados Unidos. El humo de los grandes incendios cruza fronteras a menudo, incluida la de Canadá, y suele castigar más a comunidades vulnerables, con menos acceso a atención médica o a sistemas de alerta que de verdad funcionen.
La razón oficial para el recorte ha sido dar prioridad a la predicción del tiempo por encima de la vigilancia climática.
Pero buena parte de los investigadores ve esa separación como algo forzado, casi ficticio, porque los datos atmosféricos y climáticos también alimentan los modelos meteorológicos y mejoran la predicción ambiental en conjunto. Ahí entra también el seguimiento del humo, del calor extremo y de la contaminación.
Además, los recortes a GeoXO encajan, de acuerdo con la propuesta presupuestaria, en una pauta más amplia de tijeretazos para la NOAA y para sus programas de investigación. Dentro de la comunidad científica crece por eso el miedo a perder personal, a ver más jubilaciones anticipadas, despidos y un deterioro duradero de la capacidad técnica de Estados Unidos.
En Washington, por cierto, no todo el mundo lo ve igual.
Ha habido resistencia de los dos partidos, y el Comité de Asignaciones de la Cámara de Representantes ha intentado recuperar financiación y conservar dentro de GeoXO capacidades avanzadas de imagen y de sondeo.
Mientras tanto, hay otras fuentes de datos sobre la mesa: satélites comerciales de incendios como FireSat, el programa europeo Copernicus y plataformas como FIRMS, de la NASA y el USDA. Lo que nadie sabe todavía es si esas alternativas pueden sustituir del todo lo que ACX iba a aportar sobre Norteamérica: un seguimiento continuo, localizado y diseñado específicamente para convertir humo invisible en alertas que permitan actuar a tiempo.