Desde que llegó a Netflix, Ozark, la serie protagonizada por Jason Bateman, cargó con una comparación casi automática con Breaking Bad. Para mucha gente, aquello se veía clarísimo: otra historia sobre un padre de familia en apariencia corriente, otra entrada al mundo del crimen, otro deterioro moral que se va llevando todo por delante.
La premisa empujaba justo hacia ahí.
En Ozark, Jason Bateman interpreta a Marty Byrde, un asesor financiero de Chicago que se dedica a lavar dinero para un cártel mexicano. Cuando descubren que su socio ha estado robando parte de ese dinero, Marty improvisa una salida desesperada: mudarse con toda su familia a la región de los Ozarks y montar allí una operación de blanqueo todavía más grande, con la idea de devolverle al cártel lo que considera suyo.
La semejanza saltaba a la vista, así que la etiqueta de “la Breaking Bad de Netflix” apareció enseguida.
Pero con las temporadas, Ozark fue encontrando una personalidad bastante propia. La serie de Vince Gilligan giraba alrededor de la fabricación y la venta de droga; Ozark, en cambio, se metía de lleno en la limpieza financiera del crimen organizado. Marty Byrde no cocina metanfetamina ni la mueve por las calles. Lo suyo es hacer desaparecer dinero sucio sin que nadie lo note, a plena vista.
Y donde más se separaban era en el tono.
Los Byrde están en peligro desde el primer capítulo y casi nunca consiguen bajar la guardia, metidos en un mundo más fatalista, más violento en pantalla y mucho menos dado al humor o al alivio. También pesa mucho la estética: frente a los paisajes luminosos y desérticos de Albuquerque en Breaking Bad, Ozark se va a una fotografía fría, azulada, gastada.
La lluvia, los bosques y ese entorno rural alrededor del lago sostienen una sensación de amenaza casi permanente, como si todo hubiera nacido ya podrido.
Hay otra diferencia de fondo, y está en la familia.
Walter White mantuvo su doble vida oculta durante buena parte de Breaking Bad. Marty Byrde, no. A los suyos los mete casi de inmediato, y por eso la corrupción deja de ser algo individual y pasa a repartirse entre todos. La figura clave ahí es Wendy Byrde: a diferencia de Skyler White, que al principio era sobre todo una víctima de las decisiones de Walter White, Wendy acaba convertida en una participante activa, ambiciosa y muchas veces más despiadada que su propio marido.
Ozark nunca llegó al nivel de prestigio de Breaking Bad, pero para Netflix fue un éxito gigantesco.
El estreno de la tercera temporada de Ozark triplicó con creces la audiencia de la segunda, según datos de Nielsen, y en enero de 2022 la cuarta entrega pasó de los 4.000 millones de minutos vistos en una sola semana, también según Nielsen. Ahí también quedó marcada otra distancia entre las dos series: mientras el final de Breaking Bad suele aparecer en cualquier lista de grandes desenlaces de la televisión moderna, el cierre de Ozark provocó una respuesta bastante más partida.
Aun así, Ozark arrancó como “la nueva Breaking Bad” y acabó siendo otra cosa, muy distinta y, para muchos, todavía más oscura.