Hoy, en el pódcast Relentless, habló Sam Altman. El consejero delegado de OpenAI defendió una idea muy concreta: el gran salto de productividad que traen las herramientas generativas no va a traducirse por sí solo en más tiempo libre.
Según explicó, aunque esta tecnología permita hacer más en menos tiempo, ni las personas ni las empresas van a frenar por eso. La ambición y la competencia, sostuvo, seguirán creando nueva demanda, así que el tiempo ganado no acabará necesariamente convertido en descanso.
Altman fue incluso un paso más allá y llegó a afirmar que la sociedad “ya está en la singularidad”, una forma de poner nombre a un cambio tecnológico tan profundo que, a su juicio, ya está alterando el trabajo y también las expectativas sobre lo que una persona puede llegar a producir.
Eso choca con una narrativa que cada vez circula más: que una automatización avanzada podría abrir la puerta a jornadas más cortas sin tocar los salarios. Altman plantea justo lo contrario. Si una herramienta permite ahorrar tiempo, ese margen tenderá a llenarse con más objetivos, más proyectos y más presión por rendir.
No siempre lo contó así. Tiempo atrás, Sam Altman había avisado de un posible “apocalipsis laboral” provocado por estas tecnologías. Más recientemente, sin embargo, dijo que estaba “encantado de haberse equivocado” sobre una destrucción inmediata y masiva de empleo, al tiempo que remarcaba que la interacción humana conserva un valor difícil de sustituir.
Aun así, los datos no empujan todos en la misma dirección. Una encuesta encontró que el 29% de las organizaciones con semana laboral de cuatro días usa estas herramientas de forma intensiva, frente al 8% de las compañías que siguen con el esquema tradicional de cinco días.
Y hay más. Según esa misma encuesta, el 93% de las empresas que ya las utiliza dijo estar abierta a una semana de cuatro días. Los ensayos tampoco han pasado de largo: un estudio global registró un crecimiento medio de ingresos del 8% entre empresas que probaron la semana de cuatro días, junto con una caída del estrés y la fatiga entre los empleados. En Reino Unido, una gran prueba piloto dejó otro dato que pesa: según ese ensayo, el 89% de las compañías participantes mantuvo el modelo después de la prueba y el 51% lo adoptó de forma permanente.
Algunas firmas ya vinculan ese cambio, al menos en parte, a la automatización de tareas rutinarias. Empresas como Convictional y RocketAir han contado que nuevas herramientas les dieron la eficiencia suficiente para sostener una semana de cuatro días sin recortar sueldos.
Además, lo que dice Sam Altman contrasta con propuestas que han salido de OpenAI, su propia empresa. En un documento de política pública, la compañía detrás de ChatGPT planteó una semana de 32 horas como posible “dividendo de eficiencia”. El debate, además, ya llegó a la política: en Estados Unidos, el senador Bernie Sanders impulsa un proyecto para una semana de 32 horas; en España se ha debatido bajar a 37,5 horas semanales; y países como Dinamarca y Austria exploran o discuten pilotos de cuatro días. Sigue sin estar claro si este aumento de productividad acabará convirtiéndose en recortes reales de jornada, sobre todo fuera de las oficinas y de las economías occidentales, donde sectores como la manufactura, la sanidad o la agricultura siguen quedando en un segundo plano.