Netflix ha incorporado hoy, 7 de agosto de 2026, The Last House a su catálogo, y la nueva película de Louis Leterrier ya puede verse en la plataforma. Las primeras reseñas no van todas en la misma dirección, pero sí hay una idea que se repite bastante: estamos ante un thriller que acierta al recoger esa combinación tan ligada a Steven Spielberg entre la rutina suburbana de todos los días y la irrupción de algo extraordinario.
La dirige Louis Leterrier y la firma Matthew Robinson, y la película juega desde el principio con una idea de alto concepto, una puesta en escena ambiciosa y un tono nostálgico buscado a conciencia. Para una parte de la crítica, justo ahí está lo más seductor de The Last House. Incluso cuando no todas sus ideas terminan de cuajar con la misma fuerza, sigue siendo una cinta que merece la pena ver.
Lo de Spielberg, además, no sale de la nada. Leterrier ha hablado abiertamente del director como una influencia decisiva para esta película, y durante la producción de The Last House ese guiño fue bastante más lejos que una simple referencia de tono. El equipo trabajó con la misma serie de lentes Panavision vinculada a clásicos como E.T. y Raiders of the Lost Ark, y la cocina de la casa replica de forma deliberada la cocina mítica de E.T.
También había una búsqueda muy concreta en la imagen: acercarse a la textura visual del cine Amblin de los 80. La primera mitad de The Last House se rodó en 35 mm para empujar ese acabado orgánico, un poco rugoso, con ese aire ligeramente nostálgico. La intención parece bastante evidente: convertir un espacio doméstico reconocible en la entrada hacia algo inquietante y, a la vez, casi milagroso.
La premisa es sencilla, y funciona muy bien sobre el papel: una familia de cuatro personas queda encerrada sin explicación dentro de su casa de las afueras. No pueden salir. Los recursos empiezan a agotarse. Y los personajes de Greta Lee y Wagner Moura tienen que sostener a la familia mientras una amenaza invisible los ronda desde el exterior, o tal vez desde un lugar mucho más cercano de lo que parece.
Ese encierro ha hecho que varios críticos relacionen The Last House con el recuerdo todavía cercano de los confinamientos por la COVID-19. La clausura, la ansiedad doméstica, el desgaste emocional y la necesidad de sobrevivir dentro de un espacio limitado pasan a ocupar un lugar central en la historia. No solo como motor de suspense, también como lectura emocional de una experiencia que, de un modo u otro, fue compartida por casi todo el mundo.
Las primeras reacciones han sido mixtas. Se destaca la fuerza de la idea inicial, cómo se va tensando la historia y, por encima de todo, el trabajo de Greta Lee y Wagner Moura. También han aparecido reparos, sobre todo por ciertos bandazos de tono y por un desenlace que, para algunos, no está a la altura de un arranque tan prometedor. Netflix, como suele hacer, no ha dado por ahora cifras de presupuesto ni datos de audiencia, así que el alcance real de The Last House habrá que medirlo, al menos de momento, por la conversación que consiga encender. Y en eso, la película ya ha empezado a moverse.