Esto es pura elucubración fantástica, claro. Warner estaba decidida desde el primer minuto a aceptar la auténtica billetada que Netflix ha soltado por tener todo su catálogo y (sobre todo) sus propiedades intelectuales, y no ha habido dispendio de Paramount que les convenciera de lo contrario. ¿El resultado? Quién sabe. Puede que de pronto todo explote por los aires y el cine desaparezca, como algunos dicen, o quizá las propiedades de Warner se revaloricen y Ted Sarandos cumpla su palabra de estrenar en salas. Y sin embargo, en este clima de calma tensa, quizá habría una salida que contentara a todos: ricachones y cinéfilos.
Decisión salomónica
El problema es más que obvio: Netflix quiere hacerse con la parte del streaming, y Paramount sobre todo con la distribución en salas. Los primeros nunca han tenido ningún interés real en meterse en el negocio de la distribución (más allá de alguna película que estrenan un par de semanas antes de aparecer en la plataforma) y los segundos no acaban de remontar Paramount+, su servicio de VOD con 79,1 millones de suscriptores en todo el mundo, que empequeñecen frente a los 128 millones de HBO Max o los más de 300 de Netflix.
No es tan fácil, claro, porque nadie está dispuesto a renunciar a una pieza del pastel y Warner se vende, tal y como ya se ha comentado, entera y sin cortar. Y nadie está dispuesto a dar su brazo a torcer y permitir que dos empresas tan distintas como Paramount (ala conservadora) y Netflix (ala liberal) controlen las mismas IPs y puedan hacer al mismo tiempo una nueva saga de Harry Potter al mismo tiempo que la reinvención en forma de serie, o tratar a Superman de dos maneras absolutamente antagónicas. Es el todo o nada.
Netflix tiene bastante claro que la apuesta le va a salir bien, y que no solo puede sufragar los 82700 millones de dólares que ha aflojado por Warner, sino que, además, acabará dando beneficios muy pronto, sumando más y más suscriptores. O, quién sabe, quizá miren las cifras de Warner en los cines este año, con cosas como Una película de Minecraft o Superman, y decidan darle una oportunidad a eso de la pantalla grande en lugar de limitarse a los estrenos en tu televisión. Sin embargo, aunque Paramount sí que puede estrenar en cines sin problemas, su liquidez es un problema y depende exclusivamente de lo que aguante echando billetes al fuego David Ellison, su nuevo director y uno de los hombres más ricos del mundo.
La gente que, en lugar de ver el frío tejido de la industria de Hollywood, prefiere pensar en un irreal “Why can’t we be friends?”, cree que pueden dividirse, por qué no, las funciones. Que Warner siga haciendo películas y series, unos se ocupen de la distribución en cines y otros en Internet, y todos tan contentos. La idea no estaría mal, si no fuera porque en este caso todos ganarían y perderían al mismo tiempo: ¿Para qué comprar por miles de millones de dólares una de las productoras más famosas de Hollywood si después vas a tener que repartirte la tarta con alguien más? ¿Quién querría tener los derechos de DC y tener que andar con pies de plomo con cada decisión por si a tu compañero le parece mal? Es un sinsentido. Bonachón, pero sinsentido.

La realidad es la que es, y hay que aceptarla: Netflix prácticamente ha destrozado a martillazos el cine tal y como lo conocemos, dejándolo todo en pausa hasta que comunique cuáles van a ser sus medidas desde el año que viene. Paramount se ha enfadado, Warner ha bajado la cabeza y ha aceptado, y todos contenemos la respiración. Sí, estaría bien que alguien se ocupara de la distribución en salas, pero ahora mismo solo depende de una junta directiva. Y, por mucho que hayan dicho para tranquilizar a David Zaslav, actual CEO de Warner, la cosa no pinta bien. Si es el réquiem por una muerte anunciada o un nuevo renacimiento, lo sabremos antes de lo que nos gustaría.