Hoy por hoy es un hábito adquirido: si quieres ver una película, te sientas delante de la televisión, le das a un botoncito y tienes un catálogo infinito de streaming en el que pasarte dos horas eligiendo qué degustar. Y luego, quizá, viendo lo que elijas si no se te ha hecho demasiado tarde. Sin embargo, hubo una época en la que meterte en Internet y ver películas online era una locura. O ibas a las salas, o a los videoclub, o esperabas a que las echasen en televisión con mil pausas publicitarias. No había otra opción, ¿no?
Imagina: Netflix empezó sus pruebas de vídeo en streaming en enero de 2007, después de diez años de videoclub por Internet (literalmente), y antes de ella solo había otros pequeños intentos primerizos como iTunes, que permitía pagar por bajarte programas y series (y en 2005 fue una novedad increíble), Amazon Unbox (la precursora de Prime Video, en 2006) o, por supuesto, YouTube, a inicios de 2005. Pero, ¿y si os digo que doce años antes de que se lanzara el primer vídeo en YouTube ya se emitió una película por streaming? Eso sí: por más que apostéis, jamás adivinaréis cuál es.
Y a la pequeña abeja le llamaron Netflix
Echemos la vista atrás hasta 1993, cuando Reed Hastings acababa de crear su primera empresa, Pure Software, y Jeff Bezos solo era uno más en un fondo de inversión. Particularmente hasta el 22 de mayo, donde unos pocos ordenadores -menos de cien, desde luego- se juntaron por la noche para ver la primera película jamás emitida por Internet. Su nombre, Wax or the Discovery of Television Among the Bees. ¿Véis? Ya os dije que ni intentándolo mil años lo ibais a acertar.

Tras su estreno en 1991, esta película de videoarte de 85 minutos tuvo cierto culto gracias, entre otras cosas, a la popularidad de su director, el artista David Blair. Llegó a tener tanto éxito que incluso después de pasarse en cines de Estados Unidos (26 cines, para ser más concretos) llegó hasta Australia o Japón. No sería un logro para, por ejemplo, Sonic 3, pero sí para una película así de pequeña y con pretensiones más de mostrarse en un museo que en una sala comercial.
¡Ah! Por si tienes curiosidad, se trata de una crítica de la Guerra del Golfo (y de todas las guerras, en realidad) que se desarrolla en Nuevo México, allá por 1983, cuando un diseñador de armas hereda abejas mesopotámicas de su abuelo. Para mostrar esta locura aparentemente inconexa, Blair mezcló animación digital, found footage y acción real. Y, claro, gracias a su éxito de culto acabó apareciendo en VHS, momento en el que los científicos aprovecharon para, ahora sí, emitirla por streaming de manera totalmente gratuita a todo el que quisiera (y pudiera) conectarse a Internet. ¡Recordad que esto es antes incluso de Windows 95! ¡No era tan fácil como parecía!
A dos fotogramas por segundo
Para poder emitirla por Internet, el propio Blair tuvo que quitarle todo el color, añadirle grano, hacerla más borrosa, permitir que el audio de vez en cuando se quedara mudo… y pasar de los 24 fotogramas por segundo habituales a tan solo dos. O sea, que en cada segundo se veían dos imágenes, impidiendo que el ojo humano hiciera la conexión entre imagen fija y movimiento. Para ello, utilizó un estudio de producción cinematográfica en Manhattan, le dio a “Play” en un reproductor de VHS y lo unió con un ordenador que lo convertía en digital, mostrándoselo después a Internet.
Vale, sí, no era 4K, ni tenía un sonido Dolby Surround, ni tan siquiera, más allá del momento histórico, era algo que la mayoría de la gente quisiese realmente ver. Y no solo pasó, dando el primer paso para que las entonces millonarias empresas de cable se digitalizaran, sino que dio una pequeña idea de lo que iba a ser el futuro, de la misma manera que cuando aquellas primeras televisiones recibían cutres retransmisiones mudas en directo de obras de teatro. Poco a poco.
Tuvieron que pasar otros cinco años, hasta 1998, para ver el primer servicio real de vídeo en streaming. Se llamaba iTV, funcionaba solo en Hong Kong, costaba 20 euros al mes y, en pleno fin de semana, tardaba en empezar a reproducir películas de éxito como Batman y Robin 45 minutos. Con estos vaivenes podéis imaginar lo que les pasó poco después. Netflix no fue la primera, pero al menos supo aprender de Wax or the Discovery of Television Among the Bees y de otros servicios que intentaron capitalizar su éxito sin mucho ídem. Y es que todo tiempo pasado fue, definitivamente y aunque nuestra nostalgia se oponga a ello, un poquito más cutre.