China está pisando el acelerador para alejarse de Microsoft Windows y acercarse a Linux, sobre todo en el sector público y en organizaciones consideradas estratégicas. La idea es recortar la dependencia de tecnología extranjera y tener más control sobre el software que usan las administraciones, las empresas estatales y las infraestructuras críticas.
Para hacerlo, está empujando sistemas operativos basados en Linux desarrollados en el país, o al menos adaptados allí, como Kylin y openKylin. El plan es que vayan ocupando poco a poco el lugar de Microsoft Windows en los equipos oficiales.
No es solo un cambio de sistema operativo. Detrás hay una decisión política e industrial, así que la cuestión no se limita al escritorio: también entran en juego el control de las actualizaciones, la seguridad, la compatibilidad con hardware nacional y la dependencia de proveedores extranjeros.
Y ahí también pesa la geopolítica.
Con las restricciones comerciales y las tensiones tecnológicas con Estados Unidos de fondo, apoyarse en software estadounidense para tareas sensibles se ve como un riesgo. Linux, en cambio, ofrece una base más flexible, auditable y personalizable, algo que resulta especialmente atractivo para gobiernos y grandes entidades públicas.
Europa, de todos modos, lleva tiempo mirando en esa misma dirección. Varias administraciones europeas llevan años probando o ejecutando migraciones parecidas para dejar atrás el ecosistema de Microsoft, ya sea por costes, por autonomía tecnológica o por inquietudes ligadas a la privacidad y al control de los datos.
Hay casos concretos. Regiones alemanas como Schleswig-Holstein ya han anunciado planes para reemplazar Microsoft Windows y Microsoft Office por alternativas abiertas, mientras que Francia sigue apareciendo como referencia por la larga experiencia de la Gendarmería Nacional francesa con Linux.
Eso no quiere decir que el proceso sea fácil ni rápido. En muchos casos, las administraciones europeas han avanzado por etapas, conviviendo durante años con entornos mixtos y dando prioridad primero al navegador, a la suite ofimática o a los equipos de ciertos departamentos.
Sobre el papel, Linux tiene ventajas bastante claras: ahorro en licencias, más margen para personalizar, mayor transparencia y, además, una vida útil potencialmente más larga para equipos antiguos.
La parte complicada aparece cuando toca ejecutar el cambio. Salir de Microsoft Windows obliga a asumir problemas de peso, como la compatibilidad con aplicaciones heredadas, la formación del personal, la integración con flujos de trabajo ya asentados y el soporte de programas muy específicos.
Microsoft Windows va a seguir dominando durante mucho tiempo en consumo y en empresa, pero la señal que deja todo esto es bastante clara: cuando la soberanía digital entra de verdad en la discusión, Linux deja de parecer una opción minoritaria. Lo que todavía no se sabe es cuándo terminará esta transición y si llegará a traducirse en un reemplazo completo de Microsoft Windows en todos los organismos afectados.