Netflix tiene ahora mismo en la serie surcoreana Gyeongseong Creature, situada en 1945 durante la ocupación japonesa de Corea, una de esas producciones poco comunes que sí consiguen hacer convivir dos géneros difíciles de mezclar: la ciencia ficción y el horror. Pero la serie no se queda en el susto ni en el lucimiento del monstruo. Va armando una historia inquietante, áspera, en la que la violencia del pasado pesa tanto como las criaturas que pone en escena.
Y ahí está una buena parte de su fuerza. Desde muy pronto, Gyeongseong Creature deja ver que el terror de verdad no sale solo de lo sobrenatural, sino de la crueldad humana cuando tiene detrás una institución que la sostiene.
La historia se sitúa en 1945, en Gyeongseong, el antiguo nombre de Seúl durante la ocupación japonesa, y arranca desde uno de los episodios más oscuros de la historia de Asia: las atrocidades asociadas a la Unidad 731, la unidad militar japonesa que llevó a cabo experimentos químicos y biológicos sobre civiles. Gyeongseong Creature no recrea esos hechos de forma directa, pero sí toma ese horror histórico como base moral y narrativa.
Su gran mecanismo de ciencia ficción es el parásito ficticio Najin, una entidad que transforma de forma grotesca a quienes infecta. Lo que deja a su paso es una mezcla de agresividad extrema, mutaciones corporales y una resistencia sobrehumana que mete a Gyeongseong Creature de lleno en el terreno del horror físico. Aun así, el Najin pesa menos como un simple truco fantástico y más como una prolongación de la deshumanización que provoca el poder.
La serie gana todavía más cuando mueve el foco de la criatura a la experimentación humana convertida en política de Estado. Ahí aparece su lado más incómodo: la idea de que la ciencia, separada de cualquier ética, puede quedar absorbida por la ambición imperial, la violencia colonial y el borrado de vidas consideradas prescindibles.
Por eso, el horror más profundo no está solo en el diseño de la criatura. Está en la codicia, en la obediencia y en el derrumbe moral de sus personajes humanos. El laboratorio da miedo, claro, pero da todavía más miedo la estructura que lo financia, lo protege y además lo justifica.
Ese enfoque también ayuda a explicar por qué Netflix ha logrado encontrar una audiencia mundial para su ciencia ficción hecha fuera de Hollywood.
Dark ya había demostrado antes que ese camino podía funcionar.
La serie alemana Dark, presentada por Netflix como su primera producción original en alemán, se emitió durante tres temporadas entre 2017 y 2020 y convirtió el ficticio pueblo de Winden en el centro de un rompecabezas complejo de viajes en el tiempo, desapariciones y consecuencias familiares que se arrastran a lo largo de generaciones. Su impacto fue claramente internacional: según los datos de audiencia que Netflix compartió sobre sus dos primeras temporadas, el 93% de sus espectadores estaban fuera de Alemania, con una recepción especialmente fuerte en Chile, Polonia, Japón y Corea.
Y mucha gente la vio en alemán, con subtítulos, algo poco habitual en un thriller de ciencia ficción masivo. Dark fue celebrada por su ambición narrativa y por cómo trabajaba temas como el determinismo y el libre albedrío; también inspiró comunidades enteras dedicadas a teorías y análisis, y terminó de afianzar a sus creadores, que luego lanzaron 1899 y ya han anunciado Struwwelpeter para HBO Max.
Gyeongseong Creature vuelve a confirmar, entonces, que la ciencia ficción internacional de Netflix funciona mejor cuando usa lo fantástico para hablar de heridas muy reales.