Desde hace tiempo, varios analistas vienen avisando de algo muy concreto: relatos de ficción especulativa sobre el futuro de la tecnología, como Europe 2031 o The 2028 Global Intelligence Crisis, están empezando a circular como si fueran pronósticos serios. Y esa frontera borrosa entre narración y previsión ya no se queda en redes sociales; se está colando en ministerios, en despachos de grandes empresas e incluso en los mercados.
El ejemplo que más se repite es Europe 2031, un escenario ficticio escrito por investigadores e inversores que imagina el derrube de Europa después de quedarse atrás en la carrera tecnológica.
Distintos informes señalan que Europe 2031 llegó a moverse dentro de instituciones de la UE y que también se comentó en círculos diplomáticos. No se presentó como un informe oficial, desde luego, pero su recorrido dejó bastante claro hasta qué punto una pieza así puede meterse en conversaciones donde se toman decisiones muy reales.
Algo parecido ocurrió con The 2028 Global Intelligence Crisis, una supuesta “historia financiera del futuro” que acumuló millones de visualizaciones.
La circulación fue tan fuerte que, según algunos observadores, The 2028 Global Intelligence Crisis terminó asociándose con parte del nerviosismo que ayudó a precipitar la caída de grandes valores tecnológicos y financieros en febrero de 2026.
También llevan tiempo moviéndose escenarios todavía más abiertamente apocalípticos, centrados en una superinteligencia fuera de control y en una humanidad arrinconada. Uno de esos textos rozó el millón de visitas y, según se ha publicado, llegó incluso a ser leído por la vicepresidenta de Estados Unidos.
Y no ayuda que las plataformas sociales premien justo los relatos más dramáticos, más simples y más cargados emocionalmente.
El estudio que más se cita en esta discusión sostiene que las falsedades tienen un 70 % más de probabilidades de ser retuiteadas que las informaciones veraces. También se difunden más rápido y llegan más lejos. Ese entorno favorece especialmente las historias extremas sobre colapso económico, pérdida de control, guerras tecnológicas o sustitución masiva del empleo, porque funcionan muy bien como contenido compartible y como argumento de urgencia, aunque estén llenas de matices discutibles.
Eso no significa que estas obras carezcan de valor.
Hay expertos que las defienden como ejercicios útiles para pensar riesgos, tensiones geopolíticas o impactos sociales para los que todavía no hay una respuesta clara. Sus críticos, en cambio, las ven como pronósticos débiles, artefactos del miedo o relatos que convierten intuiciones ideológicas en certezas aparentes. La paradoja es que, incluso cuando nacen con voluntad de alertar, pueden terminar reforzando una lógica de carrera armamentística al insistir en que todo se reduce a correr más que el rival.
El auge de estas narrativas coincide, además, con la avalancha de desinformación sintética, montajes falsos, propaganda automatizada y slop digital. Distinguir entre análisis, marketing, ficción y manipulación se vuelve cada vez más difícil.
A todo eso se suma que buena parte de la conversación sigue claramente marcada por una mirada occidental y presta poca atención al Sur Global, al empleo precario o a los servicios públicos. De momento, la recomendación de fondo sigue siendo la misma: leer esta ficción como una herramienta para pensar, no como un mapa fiable del futuro. La duda es cuánto tiempo más este tipo de relatos seguirá condicionando los debates institucionales y financieros.